¿Qué es este amor que nos ama?

FIRMAgasol

O por qué la vida de un perro no vale lo que la de un humano.
Porque el otro día entré en un McDonald’s y allí ya no había una figura gigante de Ronald ni de aquellos seres que lo acompañaban (solo recuerdo a uno morado). Los tiempos han cambiado. Todo era de diseño. Muy moderno. Mi colega no quería hablar con nadie así que se acercó a una maquinita e hizo un pedido cibernético. Enseguida nos lo sirvió una inmigrante (ésta era de carne y hueso, y entendemos que legal). Había bastante gente. Bajamos. En la parte inferior, pelotitas en una jaula. Como antaño pero de diseño. Nos sentamos en una mesa. Qué puto frío. Hay que comer carne de ratón en rebequita. Le dije a mi compi que me iba al servicio. Yo no soy como Snake, yo me lavo las manitas antes de comer.
Estuve alrededor de dos minutos dando pirulos en un pasillo de 5×2. No encontraba la puerta del lavabo. Le dije al Tapias que desistía y me indicó un cristal que daba, en teoría, al excusado. Me acerqué allí. Pensaba que ese pórtico transparente conectaba con el salón de las bolitas. Tenía dibujitos pintados. Eran los símbolos de un hombre y una mujer de indescriptible trazo futurista. Seguía sin saber cómo acceder mientras mi amiguete me ordenaba que me acercara más a la pared, a ver qué pasaba. Lo hice y aquello se deslizó como si fuera el portón de la puta Enterprise. Yo sólo quería hacer aguas mayores, no ver a Spock en pleno rayo. Continué. Todo de diseño. Ahí no hallaría excusas para librarse del aseo ni el mismísimo Snake: no hacía falta tocar nada de los meaderos para que corriera el agua (perdón, eran ecológicos y no usaban agua con lo que se ahorraban entre 3 y 5 litros, según apuntaba la leyenda), el suelo estaba muy limpio, había jabón en el dispensador y el secador era una virguería: metías las manitas y, al corte con el láser del sensor, te las dejaba como la mojama.
Empecé a miccionar. A mitad de la evacuación oigo un ‘hola’ tembloroso. Era la voz de un niño. Un vocablo pronunciado trémulamente por alguien que no las tiene todas consigo. ¡Qué majo! ¡Qué bueno! Rubio, menudo, con cara de no saber qué es el mal, me saluda por miedo o por defecto. Hace lo que le han enseñado sin preguntarse si está bien o no. Lo que no sabe es que él es el bien y algún día se dará cuenta pero, para entonces, ya será demasiado tarde. Porque ésta es de tus primeras veces a solas en un servicio, ¿no? Has dejado hace poco a tu padre en busca de la libertad sin saber que cuando la consigas habrás perdido algo aún mucho más preciado: tu inocencia.
Aquel tenue saludo era como la mirada virgen de la joven humillada en El Ángel Exterminador: un gesto cargado de lo único que puede salvar al mundo. Todavía resuena en mi cabeza el temor de la palabra en un universo en el que ésta ha dejado de significar. En medio del Apocalipsis, ese chiquillo alumbraba una luz minúscula, aunque intensa. Podría ser vista en un océano de oscuridad.
Dudó un instante. Después se desplazó ágilmente a mi vera, como quien quiere disimular su inexperiencia, y empezó a orinar en el mingitorio contiguo, una réplica reducida del que yo estaba usando trazada hábilmente para que accedan los niños a su uso con facilidad. El cuadro que formábamos, visto por detrás, debía de ser gracioso. Me sacudí y fui a limpiar mis impurezas (la operación que el tal Snake desprecia) mientras miraba de reojillo al chaval a ver qué hacía. Se sacudió en una imitación conmovedora de mi gesto. Dejé el lavabo y me dirigí a deshumedecerme las manos. Seguía observándolo. Empezó a asearse. Clavó mi ritual. ¿Cuánta ternura puede albergar el alma humana? Pequeño y torpe, se esmeraba por actuar correctamente. Yo era su maestro. No muy buen aprendizaje. ¿Por qué se fía de mí? Desde que entró hizo cosas que ningún adulto hubiera hecho, empezando por saludar amablemente. Él no juzga. No piensa en si es cutre comer en un McDonald’s o en si en este establecimiento está lo último en tecnología. No imagina mi vida de parado ni se desespera por tener que esperar su turno para usar los mecanismos del excusado. Sólo anhela un vehículo para conectarse al mundo. Un nuevo cordón umbilical. Hola.
 
Se acerca a paso acelerado al secador que yo he activado porque entiende que se puede apagar en cualquier momento. Esa frustración se ve que ya la conoce. No pierde mi rebufo. Esta vez de forma explícita. Sin embargo, el aparatito de los cojones se apaga. Qué decepción. Su cara lo dice todo. ¿Qué hacer ahora? No me quiere ni mirar. Pedir ayuda es humillante pero lo cierto es que la necesita. ¡En menuda encrucijada te has metido, mi nuevo colegui!
Me acerco, pues, para darle instrucciones.
-A ver, sube.
Levanta las manitas un poco. Lo hace sin dirigirme la mirada. Debe de estar algo avergonzado por su desconocimiento.
-Sube más, ¿a ver?
Las eleva otra miaja. Su ignorancia y mi pedagogía forman una pareja letal. Es gracioso verlo operar con sus cortas extremidades y sus leves movimientos. Un adulto ya habría resuelto el problema sacando y metiendo las zarpas en el aparato rápidamente. El niño no entiende de violencia.
-Vuelve a bajarlas.
Me hace caso. Pobre. El deshumedecedor del futuro no opera.
-Pues súbelas.
Las alza otro poquito.
-¡Súbelas más!
Cuando casi las tiene fuera, la tostadora de la Enterprise se pone a furrular.
-Ahí. Es que tiene un sensor y te tiene que pillar moviendo las manos.
La criatura no dice nada. Tampoco me ha mirado durante el proceso. Supongo que mastica la lección. Primeros desencantos de una vida plagada de ellos. ¿Por qué seguir, entonces?
-Adiós. Le dije.
-Adiós.
Volvió su trémula voz. Buena respuesta a la pregunta. La mejor, de hecho. Sólo espetó dos términos en aquel cuchitril del mañana en el que no había mañana hasta que apareció él. La sofisticada estructura se iba a venir abajo. Cuánta belleza. Y a qué buen precio. El amor es gratis.
Me senté con mi colega de nuevo y le intenté explicar lo sucedido. No pareció conmoverle pero yo estaba transformado.
La vida es muy absurda. No tiene pinta de que aportemos realmente nada al devenir del universo. Igual que estamos podríamos no haber nacido nunca.
En la hamburguesería de diseño todo es muy guay, todo es muy fácil. Excepto vivir. ¿Qué felices, no? No. Solo los kilos de inocencia que cayeron sobre mí en el lavabo del McDonald’s futurista en el que ya no se pide la comida dan sentido a todo lo demás. ¿Puede alguien aún ser bueno? ¿Sentir piedad y amor de verdad por sus semejantes? ¿Conquistar lo infinito a riesgo de ser tildado de naif? ¿Qué queda tras el Apocalipsis?
Tapia, que lleva una dieta que no se la deseo ni a Sandro Rosell, me intentaba convencer de que la hamburguesa 1955 (creo recordar que se llamaba así) era fetén. La mejor de la compañía. Venía escoltada por unas patatas Deluxe. La palabra está baratita. Enrique, te digo ahora que el menú era pasable, sin más, aunque agradezco mucho la invitación. Me hizo ilusión verte. La coca-cola estaba mejor que la comida. Demasiados hielos, quizás.
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