La voz que regresó del olvido

FIRMAGGP
No necesita el arte nada más que su propia expresión para transportarnos, para transmitirnos emociones intensas, para rascar en lo más hondo del alma y despertar sensaciones hasta ese momento dormidas.
Bastan una frase, un acorde o una pincelada para revolvernos las entrañas. Sin embargo, en ocasiones, conocer la historia que rodea una obra de arte enriquece aun más la experiencia del que se aproxima a ella.
Ahora no siga leyendo. Le sugiero que se detenga 2 minutos y escuche esta canción. Es muy probable que la dulce voz, su sincera y cercana expresión, y el delicado acompañamiento de guitarra sean suficientes para llegar a su corazón.
Dos minutos y veintiocho segundos. Un pequeño fragmento de una vida, secuestrado hace más de 40 años por un viejo magnetofón casero. Un viaje en el tiempo, auténtica magia.
Es de una pureza estremecedora, no hay intermediarios, no hay condicionantes, no hay más intención que la de expresar. Lo que se escucha es lo que hay. Una mujer, una guitarra, un instante.
En 1970, Sibylle Baier, una joven de Stuttgart, no pasaba por su mejor momento emocional, y su amiga Claudine la animó para que hicieran juntas un viaje por carretera a los Alpes. A su regreso, Baier agarró la guitarra, e inspirada por su periplo, grabó una primera canción, Remember the day.
Era solo el principio. Durante los siguientes tres años continuó grabando, en su casa, con la sola compañía de su guitarra, piezas desnudas, íntimas, cotidianas, cargadas de fragilidad y ternura.
Baier era una joven bohemia, como muchos de su generación, interesada en el arte, la música, el cine y la política, que incluso llegó a tener una breve aparición en el film de Wim Wenders Alicia en las ciudades.
En 1973 decidió que no quería ser artista, abandonó su vida bohemia y se trasladó a Estados Unidos para formar una familia. Tuvo hijos, y pasó a dedicarse plenamente a su labor como madre. La joven alemana cuya deliciosa voz podría haber hecho sombra a los grandes artistas folk de la época, se convertía en una diligente y anónima madre de familia. Sus grabaciones caseras, abocadas al olvido.
De no ser por la providencia del destino, este sería el fin de la historia. De hecho, no habría historia. Las canciones de Sibylle Baier no habrían llegado a mis oídos ni a los de usted, y solo un puñado de personas de su círculo más cercano habrían podido disfrutar de su reconfortante voz.
Pero hay historia. Los años pasaron y los hijos crecieron. Uno de ellos, Robby, rescató las viejas cintas y recopiló en un CD las canciones de su madre con el fin de repartir copias a amigos y familiares, y le dio una de ellas a J Mascis, el cantante de la banda Dinosaur Jr. Este la hizo llegar al sello Orange Twin, que en Febrero de 2006 lanzó el álbum Colour Green, con los catorce temas que Sibylle Baier grabó en la soledad de su cuarto de estar entre 1970 y 1973.
Ese fragmento de vida que una joven alemana registró en su máquina grabadora en los años 70, era desenterrado tres décadas después, para suerte de nuestros oídos y de nuestras almas.
Igual que un mensaje en una botella arrojada al mar, las canciones de Baier recorrieron el océano del tiempo, ocultas, pacientes, silenciosas, hasta aparecer en la orilla del siglo XXI. El mensaje está intacto.
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