Un pedazo de Hollywood a las puertas del Sahara

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A veces los lugares más hostiles e inaccesibles al ser humano nos sorprenden favorablemente. La sensación de disfrute es mucho mayor cuando no esperas ver un sitio tan mítico e histórico como este del que voy a hablar. Porque cuando casualmente te topas con uno de los museos más impresionantes y curiosos de todos en los que has estado, el objeto inicial de tu viaje, que era otro bien distinto, acaba cambiando.
Estar trabajando todo un año para conseguir un puñado de días en verano en los que disponer de libertad para hacer lo que realmente quieres es una insignificancia y un sinsentido, si lo pensamos a fondo (aunque sea otro tema que podemos tratar en otra ocasión), pero cuando visitas unos estudios de cine a las puertas del Sahara, en pleno paisaje semidesértico, ese pequeño espacio de tiempo se revela mucho más llevadero e interesante. Los Estudios Atlas de Ouarzazate, Marruecos, un lugar clave en la historia del joven séptimo arte, me generaron esa sensación.
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Se ubican a poco menos de 200 kilómetros de Marrakech y se llega a través de un viajecito de unas cuatro horas de paisajes impresionantes pero muy peligrosos en buses que no tienen las medidas de seguridad necesarias y cuyo conductor no para a descansar cada dos horas y media, como estamos acostumbrados, sino que se hace todo del tirón y, en nuestro caso, en ramadán, es decir, sin probar un bocado ni beber agua desde que sale el sol hasta que se acuesta. ¡Y todo cruzando la cordillera más abrupta del país vecino a no poca velocidad!
Una de las maneras de superar el miedo (o incrementarlo) es intentar disfrutar del paisaje en el que se rodó Babel (2006). Recordemos que la cinematográfica pareja de Brad Pitt, Cate Blanchet, recibía un disparo en un autobús cruzando al Atlas en una parte de la película:
Los estudios, donde trabajó por primera vez el mismísimo Lumière a finales del siglo XIX, cuentan con una gran tradición a lo largo de todas las décadas del siglo XX y no se encuentran en la misma Ouarzazate, sino que hay que llegar en coche, pues están a un puñado de kilómetros de la metrópolis.
El precio de la entrada a los estudios ronda los 50 dirhams locales, unos 5 euros con guía. El lugar tiene un hotel y un restaurante bastante bien conseguidos (con decorados de películas que se han rodado allí, cuadros y autógrafos de los actores) donde supongo que se alojan el equipo de producción y el personal del rodaje, no así las estrellas que se suelen desplazar a un hotel de lujo de la ciudad.
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Lo primero que se visita tras cruzar la entrada bajo 40 grados de temperatura media en verano son algunas cuadrigas usadas en Gladiator, de Ridley Scott, para una de las luchas dentro del Coliseo, el avión que pilota Michael Douglas en la Joya del Nilo y un coche rojo utilizado para explosiones controladas (que no parecía muy logrado, aunque habrá que creer al guía).
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Luego una sucesión de decorados de lo más variado para distintas producciones: Ali Baba y  los 40 ladrones (1954, Jacques Becker), El Hombre que Sabía Demasiado (Alfred Hitchcock, 1956), Lawrence de Arabia (David Lean, 1962), Jesús de Nazaret (Franco Zeffirelli 1977), La Última Tentación de Cristo (Martin Scorsese, 1988), El Cielo Protector (Bernardo Bertolucci, 1989), Kasbah (Mariano Barroso, 2000), Gladiator (Ridley Scott, 2000), Spy Game (Tony Scott, 2001), Black Hawk Derribado (Ridley Scott, 2001), Astérix y Obélix: Misión Cleopatra (Alain Chabat, 2002), Troya (Wolfgang Petersen, 2004), Alejandro Magno (Oliver Stone, 2004), y Red de Mentiras (Ridley Scott 2008).
Algunas de las realizaciones más premiadas y míticas de la historia del cine que se han rodado aquí seguramente estarán en vuestras retinas como auténticos mitos del séptimo arte, de hecho no vienen a mi memoria unos estudios cinematográficos más laureados lejos de Estados Unidos.
Quizás una de las secuencias de mayor coste de producción de la historia del cine tiene su decorado presidiendo el patio central de los estudios. Se trata de Cleopatra, de 1963, dirigida por el gran Joseph L. Mankiewicz. La cinta es famosa por llevar a la quiebra a la productora 20th Century Fox, y es que la protagonista cambia de vestuario hasta 65 veces y se usaron hasta 79 escenarios, entre los que están Almería, Roma y en el que nos encontramos, una reproducción exacta de Karnak, en Egipto.
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Más de dos mil extras, una enfermedad que casi acaba con Liz Taylor y de la que tuvo que ser intervenida de urgencia (se ve su cicatriz de la traqueotomía de que se le practicó en el cuello en algunas secuencias del film) y el fin de las grandes producciones históricas como género durante algún tiempo, fueron algunos de los hitos de esta producción que ganó cuatro estatuillas.
Otro rincón de la visita, que sin duda sorprende, es el barco que se usó en la multipremiada Ben-Hur (1959) para el transporte de esclavos y que está conservado a cubierto en una nave. Recordé perfectamente la secuencia y al bueno de Charlton Heston arrimando el hombro en mis tardes de Semana Santa comiendo torrijas. Para simular el mar se usó un chroma y efectos de ordenador en una producción que probablemente fuera una de las primeras en hacer uso de semejantes técnicas sin haber alcanzado los 60.
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Ya en otro patio posterior a la citada nave podemos ver algunos artilugios y catapultas usadas en Astérix y Obélix: Misión Cleopatra  y la fosa donde toma el famoso baño de leche de burra en el film la reina egipcia. El entorno es muy rico y variado por lo que ha sido usado para producciones que requieren de un clima, una luz y una temperatura parecidos a los de las necesidades del rodaje de cada trabajo. El paisaje cuenta con dunas, poblados de adobe, escarpadas montañas y oasis en mitad de la aridez; por ello es el lugar favorito de rodaje de muchos directores pese a su poca accesibilidad.
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Por último, y para concluir la visita después de detenerme en los más míticos e importantes enclaves, decir que los estudios disponen de otros tantos escenarios exteriores de tipología diversa en claro deterioro, como un patio medieval, la recreación de Tánger medieval del siglo XII para un documental de la BBC estrenado el año pasado o algunos clásicos espacios romanos con columnatas y templos.
A lo lejos, y ya fuera del museo, se encuentra la majestuosa imagen de la fortaleza de la superproducción contemporánea El Reino de los Cielos (2005), ambientada en le época de las cruzadas de la baja Edad Media.
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En este caso la perspectiva juega con el terreno y engaña a nuestra retina ya que en realidad es una “pequeña” fortaleza sobre dunas que da la impresión de ser mucho más grande de lejos. La magia del cine nuevamente nos sorprende con esta ilusión óptica tanto en la pantalla como en directo.
Muy cerca de allí y fuera de los estudios se puede visitar la Kasbah Ait Benhaddou, donde también se han rodado algunos films interesantes dentro de los barrios, hogares y calles habitados por los bereberes, el pueblo autóctono. Entre ellas Gladiador, Lawrence de Arabia o la saga de La Momia.
Pese a los elevados presupuestos y la gran cantidad de recursos invertidos en las películas, me sorprendió que las casas no tuvieran agua corriente ni electricidad en la mayoría de los casos.
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Un recorrido por la historia del cine de varias décadas y a través de millonarias producciones de poco más de dos horas en una zona con escasos medios donde el esplendor y la grandeza de Hollywood y del género épico peplum conviven con los poblados de adobe en vías de desarrollo. Las dunas por donde han pasado las vacas sagradas del cine mundial es el territorio por el que se pasean habitualmente las cabras desnutridas de las tribus locales.
Tal es la repercusión de los estudios en la zona y sus gentes que muchos habitantes te ofrecen amigablemente entrar a su vivienda (en la que cuelgan unas fotos del rodaje en la entrada), orgullosos de su aportación, a cambio de unas monedas. Casas decoradas con imágenes de películas que probablemente nunca vieron ni verán la luz pero que se han rodado allí. Un cine que ellos ni consumen ni imaginan pero que junto al trueque y el pastoreo se ha convertido en su modo de vida y supervivencia.
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