De la imposibilidad

Por Mariola Lorente Arroyo
Según el viejo Platón, el alma humana se asemeja a un carro alado tirado por dos caballos que desean ir en direcciones opuestas. Nosotros, como el atribulado auriga, debemos dominarlos y conducirnos del mejor modo posible. Desde hace tiempo yo asisto a una dualidad similar. Algo que casi siempre me he planteado. ¿Debería intentar escribir? En serio, digo. Dedicarme a ello, planteármelo como opción real. El impulso lo tengo. Acaricio la idea, a veces fantaseo con ser escritora. No en plan famosa ni nada, pero sí, que mi oficio fuera ese. Para poder trabajar sola, sin salir de casa y en pijama.
Sin embargo, yo no quiero matarme por ser escritora. Ni que escribir sea una obsesión, un salvavidas, una necesidad, como dicen. No tengo que salvarme de nada. Me echa para atrás toda esa liturgia que rodea la escritura. El intensísimo trabajo y sacrificio que te aparta de todo y de todos; cuando te da el arrebato y te quedas toda la noche dale que te pego al ordenador. Se te olvida hasta comer. Nunca he encontrado nada, ninguna afición, que me consumiese hasta ese punto. Me da miedo, yo no soy capaz de tanto sacrificio. Además no lo entiendo. Imagino que, precisamente, porque nunca me ha pasado. A mí me gusta vivir: me gusta dormir, descansar, ver una película, hablar con mis amigos, leer un libro, hacer un viaje, irme de compras. ¿Por qué habría de renunciar a ello para escribir, escribir y escribir? ¿No se supone que quien se pone a escribir lo hace porque le apetece, porque le gusta y le hace disfrutar? ¿No debería ser un placer y no una tortura? Quizá me estoy equivocando y no hago sino reproducir un estereotipo exagerado e irreal, pero ahí está el mito, que, para mí, más que un mito es una amenaza.
Me encanta leer y leo bastante. Encuentro novelas buenas, malas y regulares, al igual que escritores. Libros con grandes historias y otros con relatos más sencillos pero que da gusto leer. Hasta hay obras que narran hechos maravillosos con un talento abrumador. La cuestión es que cada vez que leo, constato mi nulidad para hacer lo mismo. Me veo incapaz de mantener un esfuerzo semejante y tan a largo plazo. No tengo la suficiente fuerza de voluntad. Se dice que querer es poder… ¿funciona esto al revés? Como no puedo, ¿será que no quiero?
Supongo que todo esto no son sino argumentos que indican que, en realidad, no me interesa escribir. No me gusta hacer sacrificios, y se supone que el que algo quiere algo le cuesta, que cuando haces lo que te gusta el tiempo se te pasa volando, antepones eso que amas a cualquier otra actividad y estás dispuesto a sacrificar cosas por dedicarte a ello. Luego, si yo no quiero sacrificarme, es que no me interesa lo suficiente.
Entonces, ¿por qué creo que quiero escribir? Sufriría menos si no tuviese continuamente esa china en el zapato. ¿Quiero escribir o creo que quiero escribir? Quizá no quiero sino que creo que quiero. Pero, ¿hay diferencia entre querer y creer que se quiere? ¿Cómo se distingue lo uno de lo otro? Y, sobre todo, ¿por qué las personas creemos que queremos cosas? Esa voluntad ciega que con atroz maestría describe Schopenhauer y que tanta angustia me ha generado desde que la conocí. La voluntad de algo que ignoramos pero que no podemos evitar. Tendemos hacia algo, ansiamos algo, siempre nos falta algo. Mas ¿qué? Ponerle nombre a ese algo, saber lo que se quiere, formarse un objetivo claro y definido, me resulta una de las empresas más difíciles que ha de acometer el ser humano a lo largo de su vida. Yo desde luego me siento incapaz. Por eso he de contentarme con simulacros de objetivos, tan débiles que, como se ve, ni siquiera me motivan de verdad. Quisiera querer, pero “querer”, como “aprender”, es un verbo que no admite imperativo.
Puede que la escritura me interese –he aquí mi gran problema- como la mayoría de las cosas: de un modo vago, seductor, impreciso. Algo que veo borroso en la distancia y digo “muy bonito”. Pero a medida que se acerca, digo “qué miedo, qué difícil”. El rubor y la pereza se apoderan de mí y me paralizan. Se acabó. Estoy en blanco. Todas las historias, o retazos de ellas, que haya podido imaginar estallan como burbujas de pura estupidez. Tantas ocurrencias, chispitas, posibilidades… perecen aplastadas bajo el peso de un rotundo: “¿a quién le importa eso?”. Mis pequeñas criaturas a medio alumbrar son destruidas por un implacable y atronador “MENUDA CHORRADA”.
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Es triste sentir que me gustaría contar algo, pero que no tengo nada que contar. E irónico el hecho de estar aquí contando a quien le interese que no tengo nada que contar.
Después, claro está, viene la cuestión de si podría si quisiera. Porque cuanto más sé sobre la construcción de una novela o sobre el proceso de escritura, más confirmo una sospecha: es imposible. Vale, imposible no, no nos pongamos tremendistas. No puede ser imposible porque, de hecho, hay novelas. Pero casi. Me parece algo muy, muy difícil. Da la impresión de que, entre las artes, la escritura sea la más accesible a todo el mundo: a todo no analfabeto le es dado coger un boli y escribir, relatar sus experiencias, llevar un diario o redactar una carta. No así elaborar un texto largo, coherente e interesante. Ni mucho menos hacerlo bien.
Y ahora ya sí que no sé qué hacer. Dudo entre proseguir mis chorradas o abortar misión. Estupor y temblores. Heme aquí, escribiendo esto y pasándolo regular. Qué vergüenza. Pero me obligo a tomar una determinación. Como a veces me siento profundamente insatisfecha (“qué estoy haciendo con mi vida, no hago nada, la estoy desperdiciando”, etc., etc.) y envidio un poco a mis amigos que se han atrevido a poner en marcha este proyecto –envidia en plan bien, podría decirse que les admiro-, voy a intentar llevar a la práctica algo que siempre digo: quejarme menos y hacer más. Allá voy.
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