La danza en el cine: Una expresión humana

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PRIMER DECÁLOGO
Son instantes de una belleza asombrosa, capaces de captar lo fugaz de un momento, que es imposible retener más allá de la memoria, y de conectar con nuestra intimidad, probablemente porque dibujan lapsos de tiempo alejados de la vergüenza, el ‘qué dirán’ o las convenciones sociales. De naturaleza muy frágil y pronta fecha de caducidad, están condenados a una muerte rápida, lo que les convierte en un artefacto infinitamente romántico que eleva, si está bien ejecutado, cualquier gesto a la condición de clímax.
Nos referimos a los números musicales en el cine. Particularmente a los que llevan un baile en su interior. Demostraciones de expresión pura, única y genuinamente humanas que pueden virar de lo habilidoso a lo torpe, de lo íntimo a lo colectivo, sin dejar de emocionarnos en su sabia puesta en escena.
Este texto pretende acercarse a esa belleza inefable en una primera selección de diez instantes de filmes de diversa calidad (algunos amados, otros ninguneados e incluso algún que otro título detestado) que tienen la virtud, más allá de su calidad total, de tocar una fibra que, hoy por hoy, sólo podemos catalogar de misteriosa.
Adéntrense, pues, en ese misterio de la vida de la mano del cine y la danza, un matrimonio siempre bien avenido. Cliquen en cada vídeo con el temblor de una Alicia frente a la madriguera y déjense caer para decidir libremente si los siguientes autores son capaces o no de abrazar en sus clímax eso que llamamos humanidad.
Y TU MAMÁ TAMBIÉN (Alfonso Cuarón)
La película que catapultó a la fama al director mejicano Alfonso Cuarón tenía un clímax/pre-clímax en esta cálida secuencia en la que los tres desencantados protagonistas, bañados en tequila, deciden bailar mientras suena una famosa canción de Marco Antonio Solis.
Resulta fascinante ver cómo se abrazan los instintos humanos más elevados y los más embrutecidos bajo los acordes de una melodía nacida para ser odiada pero que, tras empapar estas imágenes, pasa a ser recordada con gozo en posteriores escuchas.
MOONRISE KINGDOM (Wes Anderson)
Un instante de una cinta de 2012 que ya parece manido, lo que viene a explicar la trascendencia que ha tenido en la cinefilia una construcción en la que se filma un primer beso en, prácticamente, toda su complejidad. La inquietud, el estremecimiento, una cierta repulsión (genial la excusa de la arena) o la indescriptible decepción al contacto primo con el universo adulto, laten aquí con una honestidad insólita que derrite desde dentro el siempre férreo dispositivo de Wes Anderson.
UN ÉTÉ BRÛLANT (Philippe Garrel)
El más importante de los autores post mayo del 68 es propenso a regalarnos grandiosos momentos musicales. Aquí podemos disfrutar de una madura Monica Bellucci exponiendo su sensualidad única en un ejercicio de un talento para la puesta en escena descomunal (atentos a los colores, a los gestos de los bailarines alrededor de la pareja, a la mínima distancia que hay entre lo ingenuo y lo sexual).
[Nota: Louis Garrel (el hijo del director), que interpreta al marido de la Bellucci, sale al comienzo del vídeo. Durante la fiesta está en fuera de campo contemplándola desde una posición que lo afilia con el espectador.]
L’EAU FROIDE (Olivier Assayas)
Este instante es uno de los mejores presentes que nos haya hecho jamás un cineasta moderno. El francés Olivier Assayas entrega, en L’eau froide, un peculiar film adolescente que tiene su cima en una larguísima celebración al calor de una hoguera en la que se despachan temas de la Creedence Clearwater Revival o de Leonard Cohen como si de una inyección de heroína se trataran.
De esa media hora de gran cine destaca un delicado plano-secuencia en el que suena Avanlanche como nunca antes lo habíamos oído mientras contemplamos el hermosísimo y angelical rostro de una Virgine Ledoyen imborrable. También sus delicadas y bressionanas manos, casi tapadas por la larga manga de su jersey, con las que se atusa el pelo, acaricia el rostro de su novio o abraza su cuello al besarlo tiernamente. Inolvidable.
ANTES DEL AMANECER (Richard Linklater)
Al no mostrar ningún baile, este clip está, a priori, desubicado en este texto. Sin embargo, una mirada penetrante al mismo sí nos puede hacer intuir un movimiento interno que podría leerse como el reverso de lo visto en Un été brûlant: si allí la sensualidad/sexualidad era explícita, aquí está implícita en la actuación de los personajes.
Jesse y Celine están en una tienda de discos cohibidos porque se acaban de conocer. Se escucha una voz que dice textualmente: ‘No, I am not impossible to touch’ (‘No, no soy imposible de tocar’) y ‘Baby, let’s forget about this pride’ (‘Nene, olvidemos este orgullo’). La canción de Kath Bloom se convierte así en una invitación a romper el hielo, y las imágenes de Linklater, en la puesta en escena de ese armazón que debe ser quebrado para acceder a la libertad.
MALA SANGRE (Leos Carax)
Para el mejor autor francés de los últimos 30 años la música es fundamental. Es el aceite que engrasa sus planos y calma las almas heridas. Ésta suele llegar de forma imprevista o azarosa (¿quién podría imaginar que una cantante (Kylie Minogue) sustituiría al fantasma de una desaparecida actriz (Juliette Binoche) en el inesperado clímax de Holy Motors?). Esta naturaleza imprudente de la música aparece con una fuerza indeleble en una de las más célebres partes de Mala Sangre, donde el sonido diegético de la radio parece hablarnos de las sensaciones de Anna hasta que se convierte en extradiegético para explicar lo que siente Alex (transmitido por LeosCarax con un travelling para la historia).
LOS TRES ENTIERROS DE MELQUIADES ESTRADA (Tommy Lee Jones)
Pete (Tommy Lee Jones) ha decidido quedar con su amigo Melquiades. Lo que éste no sabe es que viene con una sorpresa: dos mujeres de bandera. Una de ellas está frecuentemente liada con Pete, la otra es una amargada yanqui que está conociendo de primera mano las frustraciones de la vida en la América profunda. Todos se dirigen a un motel y allí se separan por parejas.
Ya en la habitación, el director (el propio Tommy Lee Jones) dispone varios elementos (la cama, la televisión con pornografía, el decorado cutre…) en cuadro para hacernos ver que esos lugares están diseñados para que sus clientes perpetren un simulacro del amor. La grandeza de la escena radica en el modo en el que el movimiento al son de un ritmo es mostrado no sólo como previo paso a la pasión, sino como uno verdadero donde no puede existir el engaño.
EXÓTICA (Atom Egoyan)
En las antípodas del anterior clip se alza este striptease de Exótica, de Atom Egoyan, que lejos de reivindicar la honestidad citada anteriormente prefiere preguntarse si, teniendo en cuenta que danzar contiene un indiscutible componente erótico, éste no podría usarse como un engaño. La respuesta, en principio, es sí. Sin embargo, si todos sabemos que una joven baila de forma descarada con un objetivo concreto, el embuste es descubierto, y su supuestas víctimas pasan a ser cómplices del simulacro. ¿Casualidad, entonces, que escuchemos el Everybody Knows de Leonard Cohen?
LA GUERRE EST DÉCLARÉE (Valérie Donzelli)
He aquí otro vídeo en el que los sentimientos viajan a través de las entrañas de los protagonistas. Ahora no se trata de la necesidad de bailar pegados sino de estar juntos durante un trauma.
Resulta muy interesante ver cómo Valérie Donzelli mezcla el final de una noche (esa resaca con sonrisilla cuando ya están sonando las últimas melodías), con el dolor disimulado de unos jóvenes padres. Sin duda, el gran momento del film, que carga de un nuevo valor a la estupenda Je ne peux plus dire je t’aime de Jacques Higelin.
FREAKS AND GEEKS (Paul Feig)
Entre finales de los 70 y principios de los 80 debió sonar mucho el Come Sail Away de Styx en las fiestas de instituto americano, pues la podemos escuchar tanto en la graduación de Las vírgenes suicidas como en la conclusión del memorable episodio piloto de la serie Freaks and Geeks.
La danza aquí es celebración, alegría, reconciliación, frustración e, igualmente, ilusión. A su vez, y como la propia adolescencia, también es amor ideal y un cierto deseo sexual. Todo en un cóctel altamente emotivo que, para ser degustado en su totalidad, obliga al lector a ver entero el capítulo. No se arrepentirá.
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