El nuevo cine adolescente

FIRMAgasol

The Bling Ring es una película fundamental para el cine adolescente tanto en cuanto nos dice que las historias estudiantiles ya no pueden ser lo que eran; que no pueden construirse sobre el espíritu de la inocencia; que ya no pueden formularse en el presente sino en un anhelado futuro materialista. Para llegar a este punto, Sofia Coppola (junto con Gus Van Sant, la mejor cronista de la juventud americana del momento) ha tenido que romper algunos huevos. Su obra rasga sin miramientos sus anteriores obsesiones (el drama familiar, los alter ego femeninos…) mientras se aleja, como ha pasado progresivamente en su filmografía, de la narración. Aquí parecen importarle muy poco tanto la anécdota que cuenta como las andanzas de quienes la protagonizan pero, al contrario de lo que piensan sus fans, quienes se sienten defraudados por la radicalidad interna de este nuevo título, la realizadora mantiene su mirada personal sobre la adolescencia. Es más, jamás fue tan audaz y madura como en esta ocasión.

Si dejamos a un lado la crítica tosca hacia lo que ella desconsidera y que, lamentablemente, siempre está en primer plano (el gran problema de la producción), veremos que lo que realmente le fascina a la directora ocurre en los intersticios narrativos, allí donde ‘no pasa nada’. Sofia Coppola extrema su capacidad sensorial y genera una amalgama de sonidos apabullante, muy novedoso, compuesto por los ruidos de una generación nacida entre medios de comunicación que, sin embargo, es incapaz de conectar con lo que les rodea. Por ejemplo, en un instante sin demasiada relevancia en el relato, los dos personajes principales (Marc y Rebecca) están solos en una habitación mirando cada uno sus respectivas pantallas de ordenador. El silencio es sólo quebrado por el teclear de la pareja hasta que él comenta que Paris Hilton ha salido de Los Ángeles. La respuesta de ella es un escueto ‘mira dónde vive’ sin despegar los ojos de su pantalla.

Esta frialdad, este desprecio a la candidez, es un triunfo en la puesta en escena bastante indicativo. De hecho, durante buena parte del metraje nos interrogamos por qué no salta la chispa entre estos dos jóvenes. La respuesta está (además de en la torpe conclusión de la cinta) en la invisible relación amistad/falsa amistad que la autora construye de forma asombrosa desde el arranque y que rima con uno de los momentos más hermosos del film: en la playa, la rubia de la banda (Chloe) le pregunta a Marc si le gusta estar con partenaire oriental. Él contesta que sí, que le hace sentir bien. Ahí adivinamos que está interesado en un amor adolescente e ingenuo con ella. Lo que no sabe es que ese deseo no tiene cabida en las historias de instituto actuales.

Se trata de un formidable diálogo que tiene como respuesta un contraplano de la mirada callada de la muchacha, quien ve cómo él aún no se ha dado cuenta de que todas ellas están liadas con hombres mayores. Rebecca no quiere un primer gran romance ya que no busca el afecto en el presente (ese pibe que le gusta de clase) sino un codicioso anhelo de porvenir (qué puede hacer para sentir lo que siente la famosa a la que admira). Por eso tiene tanta fuerza una escena nocturna, de tono onírico y psicotrópico, en la que una componente del grupo entra por la ventana de la casa de su novio con una pistola en la mano. Es como si le dijera a su amante: ‘Mira lo que traigo, ¿qué puedes hacer con ello para que vuele?’

Coppola, pues, nos habla de una transformación del significado del peligro en esa difícil etapa de la vida. Si el teenager desprecia la infancia (la realización ningunea las relaciones familiares) y busca la sobreexcitación para afirmarse como adulto, aquí los elementos problemáticos con los que lleva a cabo esa operación (los tiros de coca o de bala, por ejemplo) han perdido su fogoso valor. Son un juguete más en la rutina de unos tipos perdidos en un bucle a modo de asalto a casas de famosos (muchos espectadores encontrarán repetitiva la obra en lo que es otro triunfo cinematográfico: decir en imágenes que la perversión es aburrida).

Así que no es descabellado afirmar que la responsable de Las vírgenes suicidas filma a unos chavales en un marco en el que todo lo que les rodea ha sido devaluado, y en el que el rock-pop indie, siempre tan importante para la autora, ha mutado en hits de radiofórmula que banalizan sobre asuntos como la droga o la muerte. Retrata, igualmente, a un joven en busca del amor/afecto puro extraviado en una mezcolanza de sensaciones impostadas y de ruidos que se hacen atronadores por acumulación (los flashes de las fotos, los clicks de los ratones, las sirenas de la policía…), y lo enmarca a rebufo de sus compañeras en el interior de unas imágenes en las que ese periplo vital se sigue formulando en clave ingenua, pero ya nunca más inocente, pues el cándido presente se ha convertido en un materialista deseo de futuro donde los chicos se cuestionan egoístamente qué puedo hacer (y qué pueden hacer los demás por mí) para llegar a ser como mi héroe/heroína.

En otras palabras: la directora norteamericana insinúa que el cine adolescente ha cambiado definitivamente y que para hablar de las primeras, honestas y temblorosas emociones ya no nos podemos situar en los dieciséis, sino que hay que viajar a la pubertad como ella hizo en Somewhere.

Anuncios

Una respuesta a “El nuevo cine adolescente

  1. Pingback: El cine cobarde de la nueva década | El hombre blandengue·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s