Relato de una crisis: los tiempos ya han cambiado

Por Fran García Oeo

Un relato propio de la cultura popular del siglo XX bien podría comenzar con un Érase una vez, en un pequeño y humilde pueblo…, Érase que se era en un lejano país…, o Hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana… En cualquiera de estos tres ejemplos, a los que se recurre a la hora de comenzar a contar algo, y tomándolos como tal para evitar caer en este tópico por mi parte, se sitúa el punto de partida. Es decir, tanto el pequeño y humilde pueblo, como el lejano país, así como la afamada galaxia muy, muy lejana, son el suelo y el territorio sobre el que comienza, dándonos la sensación de que desde siempre estuvo allí, una determinada trama cuyo desenlace confirma aquello de que ésta, la trama, tampoco concluye con la última línea o el último fotograma (bueno, el mercado tiene aún hoy también, en el siglo XXI, cierto protagonismo en esta empresa).
Bien, nuestro periplo, en este caso, nos lleva a un tiempo no demasiado lejano (o sí, sobre todo para aquellos que por entonces no nos representábamos ni siquiera como potencia), que nos obliga a hacer un breve flashback para situarnos muy aproximadamente medio siglo atrás. Por aquel entonces, Bob Dylan vendía al otro lado del charco aquel sentimiento de que “Los tiempos están cambiando” en poco más de tres minutos. Algo que los que se consideraban compis del bueno de Zimmerman, entre los que destacaba como cabeza más visible Pete Seeger, llamaban canción protesta (lo de cabeza visible lo atribuyo simple y llanamente a que era el más alto de toda la santa compaña).

fran

Esta canción fue para muchos un himno antídoto (anti-belicista, anti-racista, anti-religiosa, anti-machista, anti-etc…), ya que le venía como anillo al dedo a una ciudadanía que reclamaba ciertas demandas que no eran escuchadas por sus dirigentes. Con acierto, además, podemos afirmar que la ubicación de este pueblo se difuminaba un poco, pues con verdadero orgullo para algunos y beneficio para otros, esta canción, como muchas otras menos recurrentes hoy, vagaban libres por las ondas radiofónicas que se encargaban de llevar la palabra de un modo casi instantáneo a todos aquellos fieles creyentes de la revolución social a lo largo y ancho de los confines de América (del Norte, claro). A todo esto, Dylan, como buen artista, no se justificaba ni decía esta boca es mía. Si acaso, sí que se atrevía a afirmar que se dedicaba a escribir acerca de aquello que quería ser escuchado por la gente, que no es poca cosa. Sobre todo cuando, de cara a la mayoría, se trata de la colección de sentimientos de toda una generación. Ya entonces, la sociedad norteamericana atisbaba ciertos brotes fetichistas de los que hoy yo, como buen hijo de occidente, me hago gala con este vídeo:
Retomando el hilo de lo que a mí me interesaba en un principio, que eran los relatos, y teniendo en cuenta que he dicho que íbamos a hacer tan sólo un breve flashback a modo de narración corta (de miras incluso), tanto en su desenvoltura histórica como lingüística, volvamos a poner el pie sobre terrenos de corte un poco más actual. Pues las cosas han cambiado (creo que un poquito) desde entonces (no necesitamos ni el televisor, ni la radio para poder ver y escuchar a aquel Dylan cantar), y por ello no debiéramos contarnos la realidad del mismo modo. Sin embargo, en todo este tiempo la canción antídoto ha permanecido intacta, por lo que podemos retomar el relato por excelencia de nuestros días para volver a presentarles, como si fuera la primera vez, damas y caballeros, la canción anti-crisis.
Así es, después de conseguir todo tipo de conquistas sociales, ver por la tele infinidad de guerras, sufrir y/o perpetrar ataques terroristas o sobrevivir a todo tipo de reality shows, la canción The times they are a-changin no sólo ha sido versionada hasta la saciedad, sino que ha sido utilizada con el fin antídoto en cada uno de los estados críticos en los que la sociedad occidental, ya no sólo la norteamericana, apela a los audiovisuales para sacudirse la caspa que le cae sobre sus hombros. ¡Si hasta el propio Dylan la interpretó ante Obama en La Casa Blanca! ¡Cómo no darle el gustazo a todo un nobel de la paz!
El territorio que cae bajo esta influencia cultural, de una lógica agresivamente fetichista (en la que me incluyo), ha aumentado. Amigos, estamos en crisis, y no sólo porque lo ponga en unos periódicos que hoy llenan sus páginas, siendo fieles al relato, con frases como la luz al final del túnel, apretarse el cinturón o la estabilidad futura en detrimento de un presente que está en constante cambio e inestabilidad, sino porque la lectura actual de Occidente, y por tanto, de España (de momento occidental, Alemania mediante), vuelve a ser, al más puro estilo yankee, la de la tierra de las oportunidades que ya fue (y se repartan fichas con la cara del rey, como dice Pony Bravo). Sin embargo, ese movimiento hacia un nuevo paradigma social (que los tiempos acaben de cambiar, tal y como muchos entendieron al profeta de Minnesota) no acaba de llegar; o, quizás, ya ha llegado del todo a su fin (conste que el cantautor nunca afirmó ninguna de estas poco halagüeñas tesis).
La expresión poética y artística tal vez se pliegue al cambio del mismo modo que el diagnóstico de 1964 puede o no puede ser certero en el, casi ya, 2014. En cualquier caso, a no ser que pretendamos relatar las 100 victorias y derrotas sociales del arte históricamente hablando (algo que sólo por el nombre, aparte de apestar a artículo de la Rolling Stone, da repelús), nuestra historia acerca de una crisis será absolutamente ficticia si seguimos en nuestras trece.
Efectivamente, no veo más que una contradicción aparente y natural. Por ello, en este momento de cansancio, de malestar, de pesimismo, e incluso, de resignación al ver agotadas todas esas energías que supuestamente movían a los “héroes” como Dylan a empujar hacia el cambio, nos da la sensación de que se nos ha ido de las manos. Todo ha cambiado ya demasiado, y tal vez los tiempos no vayan a girar más hacia un futuro mejor. Aceptarlo implica darnos de bruces con la palabra tabú: fracaso; pues justamente esta fabulosa narración lleva a Occidente a su mayor caída histórica desde la del gran Imperio Romano.
Por eso, y por lo agridulce de la vida, tal vez debamos esforzarnos en hacer otras lecturas no tan heroicas, al más puro estilo hegeliano, y por ende históricas, sino unas un poco más optimistas y transhistóricas acerca del relato de una crisis, que no nos suman en el más profundo y detestable sueño del nihilismo. Para ello me vais a permitir que haga otro pequeño flashback y recuerde que Dylan se limitó a decir que escribía acerca del sentir de la gente de su tiempo. Una declaración amada por los mismos que no tuvieron reparos en despreciarlo más tarde (os brindo este momento en el que un atronador “¡¡¡JUDAS!!!”, que hubiera firmado el propio Seeger, es proferido al artista en 1966 al colgarse una telecaster y dar de lado a sus compis del folk).
Tal vez esta crónica sí pueda dar comienzo, no por ello de un modo menos fetichista, con un Hubo un tiempo en que…, pues ahora el territorio es otro (tanto el suelo como el techo, son distintos, han desaparecido). Ya no hay hogar para muchos, como entonces. Y tal vez no haya luz al final del túnel, ni dinero para pagarla. Tal vez no haya que apretarse el cinturón. Tal vez nunca vivimos por encima ni por debajo de nuestras posibilidades. Tal vez nunca tengamos uno o dos coches, ni una casa propia con un perro y un jardín para jugar con nuestros hijos los domingos. Tal vez no haya domingos, aunque los hubo. Tal vez la crisis también sea este momento de tu vida que estás gastando delante de tu ordenador o del televisor; un instante siempre cambiante que no acaba de tener lugar y que subraya esa depresión en cada entrada de facebook, en cada canal de televisión, en cada anuncio, en cada oportunidad perdida, en cada empleo… Siempre crisis, crisis, y más crisis. Y nosotros aquí, yo escribiendo y tú, amigo, leyendo. Tal vez no haya un solo relato acerca de una misma cosa, sino uno cada vez, con distinto comienzo y distinto final. Infinitos relatos como infinitas lecturas puedan hacerse de lo que uno dice en un momento dado.
Esto es un simple homenaje a quien aún hoy, ya en el siglo XXI, nos ayuda en el diagnóstico por medio del arte; nos invita a pensar activamente sin decirnos qué es lo que tenemos que pensar constantemente (de esto último yo ya estoy bastante harto).
Hace apenas unos días esta vieja canción estrenaba un videoclip infinito y cambiante, que nos daba la posibilidad de elegir qué ver a cada instante. Una oportunidad de oro para reflexionar sobre su gran pregunta: How does it feel?… ¡Adelante!
dylan
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2 Respuestas a “Relato de una crisis: los tiempos ya han cambiado

  1. Hoy he cogido vacaciones, un decir, y mi son me da licencia de un ratito en el feisbuk, y heme aquí, y en leyendo a lo J.F.K., que la licencia gonzaliana no da pa mucho, me encuentro con la Mary, no la quincuagésima cuarta del dieciséis próximo, no, la de con Pedro y Pablo, la que q.e.p. nos dejó hace un miajita, la que se preguntaba a lo seegeriano son “ende” se habrán ido ahora las flores, esa gran Mary que mis mejores mañanas sabatinas me ayudaba a desperezarme de sueños con ensueños de dragones mágicos, las duras tardes, hasta sabatinas también, me las aligeraba con martillazos a quinientas millas e hizo de puente musicopaternofilial raqueliano con respuestas ventosas, amigo.

    Y, cojones, (perdón …. por los palabros) encuentrome que, hete aquí, sorpresa, tiempos modernos protestando protestas, a este cabrito le mola el chein ese del minesotano, del Robertito . (Es de los pocos discos, que antes de que fueran simplemente L.Ps., por no se que narices,o producto de alguna prima o vecino moderno, me sonaba en mis oídos de diez veranos mayeados de sesenta y ocho, podía haber sido uno más, que se la va a hacer, no todo puede ser perfecto, y ha sobrevivido una olimpiada, seis mudanzas, cuatro hijos, dos sobrinos y mil chifladuras).

    Sigue siendo parte importante del ingente patrimonio a heredar por mis deudos, y sobrevivirá, valga Dios, para dar saltos con el Gordo, o gorditos, con guerras crueles en esa tierra que seguirá siendo mi tierra.

    Me lío, grande, ya compartiremos un lavaulin de esos, que el secreto es el agua de ese riachuelo scotish, y … al final arreglaremos el mundo, o si no, peor pa él por no dejarse. (Vale tambié la joderemos del to ya, si nos dejan algo que jorobar).

    • Misterioso y curioso “el innombrable” que desde la segunda línea ya tiene nombre y apellidos ¡Y más adelante hay más!
      Me alegra que en tu caso haya dado para tanto, tío…(no “dude”, sino “uncle”), que aún así hay cosas que se me escapan. Por entrar a una sola de tus múltiples, y en algún caso indescifrables, referencias, te diré aquella famosa frase de Deleuze y Guattari de que “Mayo del ´68 nunca ocurrió”, o haciendo referencia de un modo más perfilado al sentido que yo le doy al artículo, “…que nunca tuvo lugar”.
      Gracias por el comentario.
      ¡Nos vemos, “Innombrable” pero visible!

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