Michael Haneke: sin fe en el misterio

FIRMAgasol

En el mundo de papanatas del arte, la sociedad y el amor en el que vivimos, no es extraño que el film de un ridículo escaparatista de los males de la burguesía, metido ahora a pseudohumanista, haya hecho las delicias de tanto presunto intelectual.
Si Haneke ya era discutible en sus inicios, cuando hacía aquellos retratos con ínfulas de complejidad de la mano de Kierkeegard y Nietzsche (aunque siempre mucho más sencillos de lo que aparentaban), ahora que ha decidido abrirse a lecturas que tienden a infinito, su carrera no se sostiene por ningún lado. Porque antes, a pesar de su propensión a la simplificación de las cosas para hacerlas pasar por el agujero que a él le convenía en una ansiosa búsqueda por adoctrinar a las masas, sus realizaciones poseían la fuerza y la justificación de quien estaba dispuesto a agarrar por la pechera al espectador para tratar de despertarlo del letargo capitalista. No era muy ético, no, pero la pasión puesta en el empeño y la fe en el cine como medio educacional lograban hacer que le diéramos el pase. Sin embargo, no podemos concedérselo más, ya que los territorios que actualmente transita el celebrado director no permiten, bajo ningún concepto, la citada reducción de la mirada del público. Y es que el ridículo ya es demasiado exagerado cuando insinúa que los malos tratos a unos niños supondrán el nacimiento del nazismo o cuando menosprecia el amor ‘porque sí’ en la hanekiana conclusión de su última película. Y es justo ahí, al contemplar esa escena final, cuando uno se pregunta si tiene sentido hoy la filmografía de un señor empeñado en seguir abofeteando al personal cuando hace mucho que dejó de hacer un arte combativo. Porque aceptábamos aquella agresividad, cargada de soberbia, cuando pretendía hacer llegar su mensaje sobre la crueldad de la colectividad acomodada por la vía incómoda; pero ese dispositivo, que hace veinte años le fue útil, no le sirve en pleno siglo XXI, y mucho menos usado como la carcasa de una temática alejada de lo social.
No obstante, la obtusa superficie no es lo único incoherente de Amour, ya que la estructura interna de esta cinta sobre el amor, que nunca filma el amor, tampoco resiste una mirada profunda. Y es que no parece tener ningún sentido comenzar un trabajo por la conclusión para acabar plantando una revelación final. Como se antoja igualmente incongruente anteponer la importancia del trayecto sobre el fin en el arranque para, a posteriori, mutilar ese camino con absurdas y poco originales salidas al onírico.
Con todo, lo más intolerable de la producción es ser testigo de cómo sentimientos de la talla del amor, el perdón, la misericordia o la piedad hacen acto de presencia en el metraje sin que el cineasta se atreva a acercarse a ellos. Y molesta que Amour sea comparada por tantos con Secretos de un matrimonio, pues allí Bergman sí retrataba el misterio para luego argumentar que ni siquiera éste era una razón suficiente para defender la vida. Haneke, muy al contrario, lo rehúye y lo oculta para epatar finalmente a la concurrencia de forma ladina dilapidando, de paso, el gran abanico de oportunidades de abstracción que lo inefable le ofrece.
Unas posibilidades que no desperdicia su incomprendido compatriota Ulrich Seidl. Tachado generalmente de pornógrafo y exhibicionista, el autor de la reciente Trilogía del Paraíso demuestra en cada uno de sus títulos ser un humanista de profundo calado, que hace del exceso su bandera, pero que nunca mira por encima del hombro al espectador. Esa tendencia a lo grotesco le cuesta epítetos injustos de un público más pendiente de crucificarlo por mostrar barbaridades que de pararse a pensar qué es lo que enseña, qué no y por qué.
También es culpado de hacer apología de lo cruel, y sin embargo sólo hay que acercarse con atención a su mundo para percibir que Seidl no disfruta torturando a sus personajes (como tantas veces se ha dicho), sino que se cuestiona acerca de la enigmática naturaleza del mal. En Canícula, por ejemplo, encontramos escenas muy conmovedoras que ensalzan la integridad del hombre (esa mujer llorando al lado del ser amado que ha sido humillado; la pareja que, por separado, coloca una corona de flores en una carretera; el instante en que se pone a llover), pero además, una fascinante mirada a la crueldad como un secreto relativo a lo humano: ¿por qué disfrutamos haciendo el mal?, ¿a qué viene ese regocijo ante el sufrimiento?
Seidl se pregunta al ver que no tiene respuestas ante lo inexplicable, y cree en el celuloide como medio para escrutar lo invisible. Haneke, sin embargo, siempre nos va a razonar un comportamiento reprobable. Por ello la distancia entre los dos es eterna, porque mientras el de Import/Export se interroga lo imposible a través del cine, su compatriota prefiere adoctrinar. Si en la obra de Seidl no hay una pista para entender por qué alguien comete un acto atroz (lo que la dispara hacia una abstracción total), en la del responsable de El vídeo de Benny siempre existe ese porqué (acortando notablemente la potencia del mensaje al empeñarse en dirigir la mirada del espectador).
En otras palabras: la diferencia entre Seidl y Haneke reside en que el primero tiene fe en el hombre y el segundo no. En que uno piensa que hay cosas que la razón no puede abarcar y que, por tanto, no se pueden predecir ni aclarar, y el otro cree que todo es demostrable. Por eso en el interior de las imágenes del vienés crece el misterio mientras que en el de las del muniqués no, pues en ellas todo ha sido deducido (si un niño es agresivo, es que ha visto películas violentas; si otro acosa a una pareja de adultos, es que ha tenido un trauma infantil; si este joven es un nazi, ¡resulta que de pequeño le pegaba su padre!, etc.)
Por tanto, podemos decir (simplificando un poco las cosas) que Haneke, que comenzó su carrera entregando teorías sociales para dummies, hoy hace un humanismo para idiotas, y que, en ese trayecto, su filmografía ha perdido cualquier tipo de interés, ya que es incapaz de encontrar en el drama humano más íntimo los mínimos fundamentos para epatar que halló en los males de la burguesía.
O sea, que lo que en su cine era ayer un deber moral, hoy es una inmoralidad. Pero visto cómo se pasea el director, triunfante a los lomos de la burra del dinero y de la fama, nada de esto parece importar.
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3 Respuestas a “Michael Haneke: sin fe en el misterio

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