La naturaleza del capitalismo según Scorsese

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Ya está entre nosotros lo nuevo de Martin Scorsese, El lobo de Wall Street, una mirada al nacimiento de un pequeño ecosistema, violento y corrompido, localizado en la famosa calle de la ciudad norteamericana. Una especie de visión parcial de Gangs of New York (donde se sugería la puesta en pie de la metrópoli encima de kilos de sangre y de negocios turbios) que, contra todo pronóstico, no busca criticar el capitalismo sino tratar de comprender su problemática naturaleza. Semejante decisión aleja felizmente el film del papanatismo progre y la autoayuda para aproximarlo a una dura reflexión acerca de nuestra inevitable responsabilidad en el derrumbe del sistema monetario.
Por tanto, lo más interesante de la cinta no radica en su narración (aunque amplifique el virtuosismo de gestos que ya le habíamos visto al autor, como la musicalidad de la imagen o los juegos con los ralentíes), sino en una meditación sobre el liberalismo económico apartada de complejos que, lógicamente, va a escandalizar a muchos (Scorsese no rehúye las orgías ni los pasotes, con sus respectivas e indudables bondades, convirtiendo su obra en una diana perfecta para los moralistas).
O sea, que el director italoamericano se la juega como nunca. Sin embargo, su proyecto no se estrella, y no lo hace porque el cineasta jamás pierde de vista los motores que lo mueven: el capitalismo como una extensión lógica de nuestra condición animal; la naturalidad en la formación de clases; los nexos indestructibles entre el poder y la codicia, entre el liderazgo y las miserias humanas…
No es, por ende, casual que la película abra con el símbolo de un león: el rey de la jungla, el amo de la cadena trófica al que nadie puede comer. (Leon)ardo DiCaprio, con su rubia melena, sustituye a esta figura en la última escena del film. ¿Sigue siendo una bestia? ¿Continúa ejerciendo de líder de la manada? Parece que sí, pero, ¿no había caído arruinado? Bueno, digamos que tan arruinado como los ‘arruinados’ del crack del 2008. Para Scorsese la decadencia de los poderosos es relativa y rápidamente paliada por los mecanismos de defensa del régimen, que devuelven el equilibrio al conjunto del mismo modo que la naturaleza subsana cualquier aberración. ¿Se puede, entonces, acabar con el capitalismo? No. La bolsa es invencible como lo es Jordan Belfort. Nadie puede terminar con el sistema ya que es parte de nosotros (ricos/fuertes arriba, pobres/débiles abajo o muertos). El liberalismo como una práctica congénita es la fascinante idea que late tras las imágenes de El lobo de Wall Street.
Un concepto que suspende la conclusión de la producción, alejándola de la estructura de una caída y una redención moral tan propia en esta clase de narraciones, y que refuta, de paso, los argumentos fosilizados del tipo ‘es una historia mal contada’ o ‘me han contado esta historia otras veces mucho mejor’ con los que los malos críticos pretenden minusvalorar el potencial de la obra. Todos ellos deberían entender que en esta ocasión Scorsese está tan poco interesado en hacer otro Toro salvaje como en entregar una cavilación sobre lo malo que es el capitalismo.
Así, El lobo de Wall Street se exhibe como una orgía de tres horas que no busca aliviar las miserias del público sino hacerle pensar acerca de su porción de inevitable responsabilidad en el actual estado de las cosas. Si nos encontramos ante un ejercicio incómodo es porque jamás dejamos de encontrar atractiva la existencia de Jordan Belfort, ni podemos eludir desear participar, como animales polígamos que somos, en una de sus pervertidas fiestas. Ahora bien, ¿tan insoslayable es nuestra bestial condición?
En este punto resulta seductor entender El lobo de Wall Street a modo de reverso de El Árbol de la Vida: el mismo universo en descomposición que ‘obligaba’ a Terrence Malick a fijar su mirada en lo que nos hace humanos (el misterio del amor), le sirve a Scorsese para situar la lupa en la otra orilla y preguntarnos si, a pesar del dolor y de la tristeza de la situación, somos realmente capaces de renunciar a lo físico para amar (el ‘déjalo todo y ven conmigo’ de Jesucristo. Su figura, de nuevo en la filmografía del italoamericano, aunque palpite esta vez de forma muy débil).
Que tanto una película como otra se hayan aproximado tan solo a uno de los dos territorios sin enfrentarlo con su contrario ha generado una serie de críticas inútiles e injustas (el primer caso tildado de autoayuda audiovisual y el segundo, de deprimente oda a lo material exenta de humanismo). Y no vamos a negar lo problemático de ambas propuestas (ahí radica su grandeza), mas sí a exigir la compresión en lugar de la censura (como hacía Martin McDonagh con el machismo en su magnífica Siete psicópatas) pues, ¿es que existe alguna cinta reciente sobre la crisis que interpele al espectador con la potencia y la sagacidad con la que lo hace Scorsese en la escena del metro de su film? ¿Qué creador, en lugar de quejarse amargamente por nuestra situación actual, decide interrogar a la audiencia si no le gustaría vivir a la manera de Jordan Belfort? Y más lejos todavía: ¿Cuántos cambiarían su día a día por el de este lobo a sabiendas, y esto es lo importante, de que al hacerlo estarían arruinando a millones de personas? ¿Verdaderamente nos importa el prójimo?
La respuesta depende del camino que paseemos. Si andamos el de la gracia (en la definición malickiana), la contestación será sí, pero si transitamos el de la naturaleza (vía capitalismo en la obra que nos ocupa), la réplica será un rotundo no. Los sufrimientos de los demás ni nos conmueven ni nos importan pues, de ser así, desaparecería la especie humana. Éste es el dispositivo de autodefensa de nuestro mundo, siempre presto a proteger a los fuertes y a castigar a los débiles, exactamente igual que la Bolsa. Una cadena en la que reina Belfort. ¿Por qué? ¿Lo merece?
En una de las líneas de diálogo más sabrosas del guión escuchamos al protagonista decir: ‘Aquí hemos venido a hacer dinero, si eres un puto vago, vete a un McDonald’s’. El personaje subraya de esta guisa la pasión por un trabajo que es toda su vida y acredita de paso (y más allá de lo fraudulento de sus prácticas) su riqueza. Insinúa que su poderío tiene una base innata (su talento), pero que ese cimiento no vale de nada sin sacrificio. Es decir, que si un tipo se gana a pulso ser multimillonario, ningún gobierno puede arrebatárselo. El liberalismo económico, por tanto, como algo natural: cruel (unos tienen los dones y otros no), mas, a la par, tan justo como el banquete que un león se da a costa de una cebra después de esforzarse en cazarla (la otra cara de la moneda sería el comunismo, reflectado oblicuamente en la proyección cual acto contranatural incompatible con una democracia).
Así que estamos ante una pieza interpretada por alimañas, lo que deja al amor reducido a ciertos simulacros o a pálidos y corrompidos destellos del mismo. Por ejemplo, cuando DiCaprio pregunta a su secretaria cómo entro en la oficina, ella da una sensiblera respuesta entre lágrimas según le dedica unas palabras de admiración culminadas con un ‘te quiero’. Todo sería ideal si no fuera porque durante el metraje hemos sido testigos de cómo la mujer convive diariamente con determinados excesos machistas en la planta. ¿Es que acaso no le conmueven estas actitudes? No, ya que asume que viene de lo más bajo de la cadena trófica y que el desprecio al semejante es fundamental para mantenerse arriba. He aquí otra formidable lectura: la plata es un incuestionable agente corruptor que, con su sola presencia, deshace cualquier atisbo de humanidad privilegiando nuestro yo animal.
¿Ha esquivado, entonces, la obra humanista el director de Casino? No, lo que ocurre es que el humanismo en la Bolsa no se puede dar. El lobo de Wall Street no habría sido un film humanista ni en mil años. Es, muy al contrario, una realización acerca de la fiera que vive en nosotros. Un trabajo que dibuja nuestra corrupción en un ambiente de ostentación. Una película que explicita nuestra debilidad y admiración por el poder. Una cinta que gira en torno a nuestra laxitud moral en el momento en el que el dinero aparece en nuestras manos. Es, igualmente, una reflexión levantada alrededor del terror de los mecanismos de protección de la naturaleza y de la forma en la que nos afectan. Como es, a su vez, la recreación honesta, nos guste o no, de nuestro anhelo constante de una vida de lujo y placer, por más que veamos cada día cómo ese deseo materialista ha hecho añicos el mundo en el que vivimos. Sí, lo último de Scorsese traza un espantoso reflejo de lo que somos, por eso tantos prefieren no mirar.
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