Amor amarillo

Por Mariola Lorente
Más de 500 episodios, 25 años y 25 temporadas. Entre voces de alarma sobre su inminente final y otras más tranquilizadoras, Los Simpson nos han acompañado durante, casi, TODA nuestra vida. Hemos vivido muchos más años con Simpson que sin ellos. Eso marca, y mucho. Por lo menos a mí.
Probablemente esta serie haya sido de las cosas más constantes en nuestras biografías. Los Simpson nos acompañan desde el colegio. Recuerdo de un modo difuso pero indiscutible el estreno de la serie en la Segunda Cadena, una noche -juraría que domingo- del año 1991. La verdad es que no sé si llegué a ver imágenes o solo lo escuché desde mi habitación, pero sé que yo viví esa experiencia. Nos volvimos inseparables, y lo seguimos siendo en el instituto, la universidad (durante una temporada, en vez de quedarme en la facultad con mis amigos después de clase, me iba corriendo a casa para comer con Los Simpson) y ahora en el trabajo o “vida adulta”. La familia amarilla y sus vecinos han estado siempre ahí, perpetuos e inamovibles. En vacaciones y en nuestro día a día. TODOS los días. Desde 1994, invariablemente: misma cadena, misma hora. Quizá esto explique lo reconfortante que es la serie. Los Simpson son un hogar, un oasis televisivo a nuestra disposición de 2 a 3 de la tarde o a partir de las 9 de la noche. Ese lugar dotado de un cálido brillo y seno acogedor en que nos sentimos tranquilos, seguros y reconciliados con nuestra existencia. La seguridad que transmite lo familiar, lo de sobra conocido. Un refugio del que solo podemos esperar risas y felicidad mientras nos acuna la dulce melancolía de un pasado recurrente.
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La serie nos ha visto crecer y no nos ha abandonado jamás, como una mascota fiel a la que no hacemos mucho caso, o ese juguete que coge polvo en el rincón más apartado del trastero pero que nos negamos a tirar. Siempre fiel, siempre expectante, siempre dándose incondicionalmente. Por mucho que reneguemos de “los capítulos nuevos”. Es cierto que no están a la altura de la época dorada de Los Simpson. Pero la serie tiene 25 temporadas ¿desde qué temporada consideramos “nuevos” a los capítulos? Si atendemos a la realidad, hay más episodios “nuevos” que “clásicos”. Que son, simplemente, los que hemos visto mil veces. Creo que Antena 3 no ha programado nunca bien la emisión de los capítulos, puesto que mientras iban saliendo nuevas temporadas, seguían reponiendo episodios viejos. Llegaban a la temporada 10 o 11 y, en vez de seguir con la 12, volvían a empezar. Por eso tenemos menos interiorizados esos capítulos, los hemos visto menos veces y no les tenemos cariño. Si hubiesen ido saliendo a su ritmo (con las sucesivas e irrenunciables reposiciones), nos habríamos familiarizado con ellos, las bromas serían reconocibles y hasta habríamos incorporado frases nuevas a nuestro vocabulario simpsoniano.
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No sé por qué perdimos tan rápido el interés en “los nuevos”, mientras seguíamos embelesándonos con la temporada 8. Siempre me ha parecido, secretamente, un poco mal; me sentía mal conmigo misma cuando exclamaba con disgusto “bua, es nuevo”. Como si fuera una traición a algo maravilloso y casi sagrado. Porque cada capítulo de Los Simpson es un regalo que nos han ido haciendo año tras año, a lo largo de nuestra vida. ¿Habríais preferido que cortaran en la temporada 10? Yo, desde luego, no. Los Simpson son un tesoro, y cada capítulo me parece eso, un regalo, aunque su calidad sea inferior. Hay que tener en cuenta que el tiempo pasa, el humor cambia, nosotros cambiamos, los dobladores se mueren… pero, ¿y el placer de empezar a ver un capítulo y no reconocer nada, que sea todo nuevo? Para mí es una muy grata sensación (también lo es, por supuesto, ver uno mítico y deleitarme en los momentos cumbre, anticipar las frases, regodearme en su perfección). Nos han seguido regalando esa experiencia, y yo no puedo menos que estar absolutamente agradecida. Tenemos una gran suerte de ser la generación de Los Simpson.
Pero es que además, la trayectoria de Los Simpson es tan amplia que constituye uno de los más sólidos puentes intergeneracionales que hay. Mi hermana, nueve años menor que yo, también dice frases de Los Simpson, habla de la serie con sus amigos, la usan como referencia y se sabe los capítulos. Hasta las abuelas reconocen perfectamente a “los monos amarillos de los cuatro dedos”.
Los Simpson son el producto cultural total, la más amplia y completa creación cultural de nuestra época. Política, arte, historia, deporte, economía, religión, cine, televisión, música, ciencia, literatura, moda, gastronomía… todo tiene cabida en la serie, todo pasa por su filtro y se nos devuelve teñido de amarillo. Es el espejo en que se miran una nación y una época. No un espejo al modo valleinclaniano, pues la imagen reflejada es menos esperpéntica y más realista de lo que pensamos. Estoy convencida de que los años 90 (basta ver el gran retrato de la Generación X que se hace en el capítulo Homerpalooza (temporada 7, capítulo 24, 1996), cuando Homer va a la tienda discos “antes Buenas Vibraciones”, y ve que ha cambiado su nombre por “Notas de suicidio”) y los primeros del siglo XXI van a ser conocidos y pensados a partir de Los Simpson. Al igual que la figura de Elvis basta para insinuar la década de los 50, Los Simpson son los 90.
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A su vez, Springfield es USA. Un pueblo convertido en arquetipo. Y, en la medida en que la serie nació y creció pareja a uno de los conceptos definitorios de nuestros días -la globalización- Springfield ha acabado siendo el mundo.
Por eso es muy común que muchos de nosotros recurramos a situaciones de la serie para explicar o ejemplificar situaciones de la vida real. ¿Cuántas veces habremos dicho o escuchado en una conversación cualquiera las palabras mágicas: “como el capítulo de Los Simpson en que…”? En fin, a lo mejor yo abuso al compararlo todo con Los Simpson, pero ¿no es esta frase una especie de mantra en nuestra generación? ¿No os fascina que una ficción pueda conquistar de tal manera el lenguaje y el pensamiento? Porque sí, Los Simpson cambian nuestro pensamiento: todo el saber acumulado de sus capítulos lo tenemos presente en forma de repositorio de ejemplos prácticos, expresiones, enseñanzas morales. Es decir, que llegamos a extraer de una serie de televisión lecciones de vida, patrones de comportamiento y hasta juicios de valor. Podemos explicarnos y definirnos a partir de los personajes y vivencias de Los Simpson.
Nada de esto sería posible sin el lenguaje. Como todo movimiento cultural que se precie, Los Simpson poseen un lenguaje propio rico, brillante, reconocible y tan eficaz que ha llegado a colonizar el lenguaje cotidiano de miles de personas. Casi todos hemos incorporado a nuestro repertorio lingüístico una serie de palabras y frases procedentes de la serie. Expresiones que forman parte del imaginario colectivo y que funcionan a modo de seña de identidad.
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Mención especial para la traductora al español de la serie, una mujer a la que amo sin conocerla, profesional extraordinaria y fuera de lo común, que ha puesto en boca del Señor Burns las mejores sentencias de la historia de la televisión y que ha logrado que el fruto de su trabajo se haya incorporado al subconsciente de buena parte de un país. Esos “qué bien leer”, “¡sí hombre, eeeso ya lo veremos!”, “os prestaré tooooda mi atención”, “¿a que te mato?”, “¡poliilla, poliiilla!”, “me abuuuuurro” (¡esta la dice hasta mi padre!), “¡ineptos actorzuelos!”, “¡deme diez!” o “¿jugamos a los desfiles de peluches?” con sus entonaciones respectivas que inconscientemente soltamos según el momento.
Sin duda, Los Simpson han dejado una huella imborrable en varias generaciones. Y no tengo palabras para describir esa proeza. Cuántas personas a quienes apenas conocíamos han despertado inmediatamente nuestro interés al ver que eran grandes fans de Los Simpson, cuántas conversaciones han generado, amistades iniciado…
“Como cuando va Homer y…”
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Tarde o temprano no tendremos nada nuevo que añadir a estas evocadoras palabras. La vida de esta familia llegará a su fin, el tiempo se detendrá en Springfield y la serie quedará cosificada. Sea ahora o dentro de cinco años, el hechizo se va a romper. Y esa sencilla frase, himno generacional supremo, despertará en nosotros una ternura y un anhelo inefables.
Gracias infinitas.
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Una respuesta a “Amor amarillo

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