La danza en el cine: Una expresión humana II

FIRMAgasol
SEGUNDO DECÁLOGO
Como lo prometido es deuda, aquí está, más vale tarde que nunca, el segundo decálogo de esta lista de grandes segmentos musicales del cine. Un artículo, recordemos, en constante movimiento, presto a su amplificación libre, como los gestos de los creadores y actores que pueblan las imágenes de este post. Y sí, aunque nació siendo una mirada sobre escenas que contenían bailes, se nos siguen colando, con el albedrío que a los que formamos esta página nos apasiona, instantes de estatismo cargados de una intensidad cinemática tal que parecen, al menos a nuestros ojos, convertir esos momentos en (algo así como) una danza interna. Ojalá vosotros (permitidme a estas alturas ya el tuteo) lo sintáis igual y os conmováis de la misma manera con estos pedacillos de arte.
Antes o después, una tercera entrega. ¡A bailar!
LAS VÍRGENES SUICIDAS (Sofia Coppola)
La obra de la hijísima siempre se ha dirigido a filmar ese trayecto mágico en el que la inocencia se está escapando mientras llega a nosotros la libertad. El nerviosismo de esa etapa está en el temblor de un beso o en el recuerdo de un padre; la decepción de lo prosaico de la vida, tan alejada del mundo del sueño (no es casualidad que la escena tenga un fuerte componente onírico), en los rostros de aburrimiento y el uso melancólico de la música.
Las estrellas y los globos en el escenario son producto de una auténtica sensibilidad femenina dispuesta a imponer una mirada muy personal sobre el cine teenager tradicional. Así, entre lo viejo y lo nuevo, se filtran las emociones surgidas ante el nombramiento de una hermana como reina del baile, el ademán del guapo del instituto colocándose la corbata al salir de la tarima o el detalle de coger o no la corona dependiendo del sexo y la edad del adolescente en cuestión. Humor y ligereza para evocar una etapa que pasa sin ser notada.
PULP FICTION (Quentin Tarantino)
Es una secuencia que sólo puede pertenecer al inconsciente de un hombre: ella viste el abrigo de Travolta quien, con caballerosidad, se lo ha prestado. La cámara, mientras, se desliza tras las columnas cual voyeur, al acecho de cada gesto de una musa a la que se desea pero a la que no se quiere molestar. De fondo, una versión excepcional de (la igualmente estupenda) Girl, You’ll Be a Woman Soon, de Neil Diamond, a cargo de Urge Overkill. Una delicia y una declaración de intenciones. La mujer se contonea sensual y libre. Se alza la gran pregunta: ¿qué es lo que siente ella en ese momento? Una interpelación que tiene asimismo su eco cinematográfico: los lógicos, que diría Hitchcock, pensarán por qué, sin venir a cuento, Uma se pone a bailar. La contestación es otro interrogante: ¿Y por qué no?
VIVRE SA VIE  (Jean Luc-Godard)
Si alguien incrusta instantes musicales en sus películas venidas, única y exclusivamente, del interior de las imágenes o del inconsciente de sus personajes, ése es Jean Luc-Godard. Aquí, una imborrable Anna Karina se menea en un club de hombres. Ella es una prostituta. Al director le interesan las miradas estúpidas de ellos y su sosería en contraposición a la Gracia que habita en la fémina.
El uso del espacio es magistral. Las columnas, los azulejos, los objetos (el billar, las bebidas…) nos colocan en un terreno en el que una dama sólo puede existir de forma extraña. La respuesta de la heroína es tan atrevida (baile, besos, miradas…) que concluye alzándose como la reina de un lugar destinado a la aburrida entronización del machito.
Un triunfo de la puesta en escena que deja claro no sólo el cineasta que es Godard, sino, también, su potente sensibilidad/personalidad eternamente intrigada por la dualidad masculino/femenino.
EL GATOPARDO (Luchino Visconti)
El mundo siempre es una juerga antes de hacerse añicos. Una enorme figura de la aristocracia ve cómo se hunde su universo mientras las criaturas que lo componen continúan abanicando el calor de unas brasas a punto de extinguirse. La guerra está fuera de plano, aunque se intuye en la mirada de un sublime Burt Lancaster, quien no pierde su porte ni siquiera en estos, sus últimos días.
En esta escena, antológica, trata como el Gatopardo que fue/es a una inolvidable Claudia Cardinale, prometida de Alain Delon, partidario de la unificación de Italia. Una tensión política/social transmitida de manera tan sugerente como elegante a través del vals. La danza evoca el movimiento perpetuo de una sociedad en la que ‘hay que cambiar todo para que nada cambie’. La más memorable frase del texto de Lampedusa deja patente la actualidad de una obra de arte para la Historia.
LES AMANTS RÉGULIERS (Philippe Garrel)
Otro cosmos que se desmorona. Una brutal decepción. El 69 es un corte que nos recuerda que el mayo del 68 ya ha pasado y nos queda la resaca. Resaca de la que no parece haberse librado el actor principal de la cinta, tumbado en el sofá, incapaz de disfrutar de la dulce e inocente This Time Tomorrow de los Kinks. Ilusiones perdidas de quien sigue ahí, en el meollo de una fiesta que ya no es.
Con un apasionante blanco y negro, Philippe Garrel vuelve a demostrar que es uno de los mejores autores filmando a la gente bailar. Y lo es porque jamás se queda en la mera belleza estética: siempre encuentra razones para mostrar un paso, para encuadrar a una chica que anima a otra a ir a por un chico, para cambiar de plano, para desplazar la cámara o para perseguir a un intérprete a la búsqueda de una verdad, la de entonces, de plena vigencia en nuestros días.
ZOOLANDER (Ben Stiller)
Alejados, por fin, de la melancolía, nos centramos en este monumento cómico. Zoolander, la película fundacional de Ben Stiller, dejaba en muy mal lugar a los modelos, anticipando el boom de celebrities descerebradas que poblarían años más tardes las pantallas en la era Starbucks. Wake Me Up Before You Go-Go baña un espacio colmado por la publicidad y la gasolina. Es decir, la horterada gay como el himno de la estupidez inherente a los tiempos modernos que disfraza de celebración un deprimente universo movido por el neocapitalismo y el petróleo. Poner estas cuestiones sobre el tapete dentro de un género tan accesible y transparente es un hito que no debería subestimarse.
LA VIDA DE ADÈLE (Abdellatif Kechiche)
Glorificado por la crítica, La vida de Adèle es, sin embargo, un film que adolece de hipertensión. O, al menos eso es lo que ve el que esto escribe, que la encuentra constantemente pasada de nervio por culpa de un creador ofuscado con la búsqueda de sus certezas en cada escena.
En medio de semejante énfasis, destaca este brindis por la ligereza contra pronóstico. En él, la protagonista, que acaba de cumplir los 18, llega a casa y es recibida por sus amigos, quienes le tienen preparado un guateque. Ellos disfrutan y beben. Ella, por contra, está algo desubicada en medio de un grupo de muchachos que, en verdad, no la conocen (no saben nada de su lesbianismo). Una elipsis elegante nos hace intuir que los vinos la han alejado de sus pesares y por fin disfruta de la compañía al ritmo del I Follow Rivers de Lykke Li. El triunfo es notable: Kechiche retrata sin aspavientos ese instante de belleza en el que uno vive sin miedo su propia identidad con la difícil realidad justo al final de una canción que te hace sentir bien.
CORAZÓN SALVAJE (David Lynch)
David Lynch es un director del sonido, una virtud muchas veces despreciada por su categoría de esteta. Lo cierto es que conjuga con maestría ambas aptitudes para lograr atmósferas que pasan por encima de una narración llena de puntos muertos.
Precisamente por una carretera larga hacia ningún lugar se mueven Sailor y Lula. El humor, tan habitual en el cine del de Montana, aleja la crítica social de las pretensiones para quedarse en la abstracción: un terreno perdido donde un sol del infierno abrasa una autopista por la que circulan dos tipos que sólo tienen su amor dentro de ‘un mundo extraño por fuera y salvaje por dentro’. El hardcore mutado en la dulce melodía de Angelo Badalamenti es la mejor metáfora del sentir de estos dos personajes, así como una muestra del don de Lynch para decir con el sonido lo que otros necesitan discursar.
TÚ Y YO (Bernardo Bertolucci)
Para Bertolucci la adolescencia no es épica, sino intimidad. El último refugio antes de salir ahí fuera donde moran, según inferimos en el tema de Bowie, la soledad y la muerte.
Al igual que en las citadas Vírgenes suicidas, la chica es un adulto disfrazado de niña. Él, por el contrario, necesita la mano que ella le tiende para levantarse. Una mano negada en la versión italiana de Space Oddity que oímos de fondo, pero aceptada en las imágenes, como si el realizador italiano contradijera los elementos de su puesta en escena para arrojar luz donde sólo hay oscuridad.
La familia es el entorno donde estalla la sexualidad por primera vez, y aquí está gobernado por una hermanastra que, ayudada por su consciente poder sensual (gestos lascivos y escote), camela a su hermanastro para ponerlo en acción al son del estribillo y cantarle al oído como si lo interpelara para tratar de comprender un dolor que bien podría ser el suyo.
HOLY MOTORS (Leos Carax)
En 1991 Leos Carax entregaba una carta de amor a una mujer y a una ciudad. La mujer era Juliette Binoche, su pareja por aquel entonces, y la ciudad, París. 21 años después, esa musa ha desaparecido y la noche parisina ya no puede ser filmada en película sino en digital.
Es el fin. O un determinado fin. Pero un final, a fin de cuentas, que el autor de Mala sangre recrea con emoción en los almacenes La Samaritaine, hoy abandonados y convertidos, gracias a su talento, en un cosmos plagado de espectros en el que el amor sigue siendo la chispa inapagable que enciende nuestros corazones.
Por allí, una dama entristecida entona una dulce melodía: ¿Quiénes éramos cuando fuimos? Es el reflejo, el fantasma (larguísimo abrigo, rostro impasible) de la Binoche desaparecida. El cineasta francés ha perdido una actriz, sí, pero ha encontrado a otra persona. A una cantante… ¡y la pone a cantar! Porque incluso en el final de todas las cosas no debemos abandonarnos a la desesperación.
Clímax de una obra irrepetible, este paseo de Kylie Minogue es la melancolía que jamás cae en la nostalgia. Es la modernidad capaz de evocar sin lloros a los antiguos musicales. Es la tristeza por el fin de un edificio (y su historia) desmantelado, mas la esperanza más allá del cristal, donde asoma la hermosa iglesia de Saint-Germain l’Auxerrois, cuya arquitectura centenaria, desafiante al tiempo, nos susurra desde el silencio: ‘¿Hay algo en este mundo que viva para siempre?’
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s