Puestos del revés, o en el cerebro de Pixar

FIRMAgasol

Tuve la enorme suerte de ver la última película de Pixar en el pasado Festival de Cannes. Allí, entonces, me pareció una gran (o incluso genial) obra sobre cómo construyen los animadores del gigante norteamericano sus cintas, colocándose a sí mismos cual pintores que, en lugar de romper los colores primarios, rompen unas emociones básicas para alcanzar unas determinadas cotas de expresión.
Efectivamente, Inside Out no se me antojó tanto un viaje por el inconsciente de una niña como un film metacinematográfico donde lo máximo había sido sustituido por lo mínimo hasta el punto de tomar una decisión tan arriesgada como la de presentar la mente de una cría a modo de lienzo en blanco. De esta manera, la empresa de animación más famosa del mundo (junto con Ghibli) cimentaba un título mucho más libre (y por ello estimulante) que todos sus anteriores, al verse obligado a dibujar espacios donde sus siempre férreos guiones, de pesadísima presencia, no podían llegar.

No obstante, un cierto malestar también me invadió durante el visionado, especialmente en lo tocante a dos decisiones estéticas: la citada mente infantil pintada de blanco y el diseño de la memoria a largo plazo, demasiado pobre para los estándares de la compañía. Lo segundo, a fin de cuentas, es peccata minuta teniendo en cuenta lo que entrega una producción mucho más pendiente del color que de las formas (un indiscutible rasgo de modernidad), pero lo primero me planteó serias dudas hasta que vi la luz en el último y glorificado punto de giro, una escena muy sencilla que viene a explicar, desde el texto, que la alegría y la tristeza conviven en nuestra existencia. Es un instante que me llenó de emoción, pero no tanto por su lectura superficial como por lo que guardaba en el subtexto, que venía a señalar que del boceto emerge el dinamismo (el movimiento de las imágenes en el interior de una bola bien se asemeja al paso veloz de unos folios en la animación tradicional) y, también, que bajo la ‘Alegría Disney’ habita un poso de tristeza. Si encuentro irresistible Inside Out es porque pienso que es una película que habla con franqueza de la construcción de un producto Pixar, con sus límites y sus engaños, con sus obligaciones con las masas y sus cintos de seguridad abrochados en clave de guión de academia.
Lo nuevo de los muchachos de John Lasseter, obsesionado con las historias que contar, es, sí, lo mismo de siempre (una peculiar versión del viaje del héroe), pero con un poderoso clímax que, a diferencia de otros, como, por ejemplo, el de Ratatouille, es bastante más que un punto de giro de enorme belleza: se trata del desvelo de los sufrimientos que los animadores de Pixar viven cada vez que se ven obligados a cubrir con colores vívidos sus intensos pesares. Podemos, incluso, confirmar que Inside Out es un gran film acerca del inconsciente de esos trabajadores dentro del cerebro de unas creaciones obligadas a ocultar más que a mostrar.

Desde que la cinta apareció entre nosotros se ha derramado tinta cinéfila por los cuatro costados, algo que un entusiasta del cine no deja de vivir con regocijo. Así, confieso que he leído con sumo placer todo tipo de críticas, desde las publicadas en Sensacine hasta las escritas en Sight and Sound, pasando por las magníficas líneas que le dedicó Manu Yáñez en El Cultural, cuya mirada, creo, forma un insoslayable dúo con la lectura más pertinente de la obra que haya cruzado la pantalla de mi ordenador: la de Jordi Costa para Neupic.
Costa, una voz en español imprescindible para la comprensión de la animación cinematográfica, se sitúa en una posición impopular al asegurar que le gusta muy poco Inside Out. En su artículo Estar del revés con ‘Del revés’ no duda en criticar la engañosa reconstrucción del interior de la mente infantil cargándose de razones que contrarrestan la multitud de halagos que se han vertido en torno a la realización en el último mes. Piropos que, como todos, debilitan, y que, desde el topicazo en plan ‘gran película sobre la necesidad del dolor en nuestras vidas’ (sólo se necesita tener ojos para ver eso) o las aseveraciones discutibles como ‘te deja con una sonrisa en la cara’ (¡¡¿¿una producción a mayor gloria de la tristeza??!!) han contribuido al hype y la antipatía para con la el proyecto.
Frente a toda esta retahíla de pamplinas y lugares comunes, el despreciado colaborador de El País (periódico que mandaría antes a Cannes a un mono con dos platillos que al único normal de los que escriben sobre cine en sus hojas), fanático del inconsciente (basta con ver sus dos largos), se descuelga con diversas opiniones que bien valen la pena analizar.

Comienza diciendo que se trata de ‘un trabajo sintomático de una era donde lo emocional se ha jerarquizado por encima de lo racional’, para continuar con otros punzantes pensamientos como ‘Recibí como un brutal jarro de agua fría que el mundo interior se describiese como una eficaz empresa de gestión que tiene que resolver cada jornada con éxito’ o ‘los recuerdos de la protagonista crean una cartografía de parque temático con zonas definidas por un paraguas conceptual que parece un reciclaje instantáneo de un plano de Disneylandia, con su Adventureland, su Fantasyland, su Frontierland y su Tomorrowland recorridos por su circundante tren a vapor’. Asimismo, no duda en medir Inside Out con la monumental fantasía onírica Paprika, de Satoshi Kon, en detrimento de la primera. Palabras, pues, nada gratuitas que, como ocurre con la buena crítica, nos ayudan a ver donde antes no había luz y que a mí, particularmente, me hacen comprender mejor por qué admiro este film.
Para empezar, y coincidiendo plenamente en la idea de que vivimos en una sociedad más impulsada por el estímulo que por la razón, defiendo  la película de Pete Docter porque, a mi entender, un producto Pixar está levantado principalmente sobre sensaciones. Pienso que ellas son el punto de partida de cada proyecto de la compañía. Por tanto, que la obra dibuje a unos personajes que se dedican a dirigir las expresiones de los protagonistas como si formase parte de su día laboral, tiene su razón de ser siempre y cuando leamos estas creaciones como réplicas animadas de los productores ejecutivos (Docter, Lasseter, Brad BirdAndrew Stanton y Lee Unkrich) dentro de un centro de control donde la alegría (y esto no es asunto baladí) es la mandamás.
Costa también se muestra decepcionado con los diseños de todos ellos, y señala que su elocuencia está por debajo de los movimientos robóticos de Wall-E o los acuáticos de los pececillos de Buscando a Nemo. Estoy de acuerdo en que aquellos eran extraordinarios, pero a mí estos estados de ánimos andantes no se me antojan pobres en absoluto. De hecho, encuentro asombroso cómo todos ellos mantienen siempre su condición primigenia (ya sea feliz, triste o enojada), incluso cuando lo que les rodea les empuja a ser otros. Son escenas donde se rompen entre sí como lo hacen dos colores primarios en un lienzo blanco.

Yo advierto aquí una enorme riqueza expresiva. Una explosión de belleza al desnudo que parece alentarnos a amar cada gesto sin más (abandonando la necesidad de un relato), como si estos fueran la única fuente de salvación de Riley frente a su apocalipsis interior, pues ella no es un personaje como tal, sino una figura hueca que sólo será personaje gracias a la colisión de los citados estímulos. Es en esta modernidad donde radica la grandeza de Inside Out, título que, paradójicamente, no deja de ser un producto de guión. Sin embargo, y a diferencia del crítico de El País, yo no creo que la realización camufle esta condición, sino que se aleja de ella, como se aleja de cada uno de sus componentes en su ejercicio de deconstrucción, de modo que nos obliga a analizar los elementos que la conforman por separado, a mirar el mecanismo de un film Pixar por primera vez.
Así, por ejemplo, las Islas de Personalidad (Familia, Honestidad, Hockey, Amistad y Monerías) se presentan como los pilares fundamentales del típico texto de la entidad californiana (el drama familiar, las emociones a flor de piel, la  diversión para todos y los carruseles para los más pequeños), los cuales deben ser puestos en crisis para hacer que la historia avance, dándonos la maravillosa posibilidad de ver cómo Docter y Cía hacen sus deberes durante el propio metraje.

Para terminar, entiendo que la comparación con Paprika es, de algún modo, inevitable, pero, teniendo en cuenta que no estamos tanto ante una cinta en torno a los sueños o el mundo del inconsciente de una persona como ante el análisis del dispositivo de un determinado trabajo, no sé hasta qué punto es justa. Eso sí, coincido con Costa en su idea de que el pasaje a través del pensamiento abstracto (que sí funciona en su autoafirmación deconstructiva), más que colocar en una situación complicada a los personajes y su relato, es un extraordinario homenaje a UPA y a los pintores vanguardistas en forma de nivel de videojuego. Ahora, ¿no le podemos echar esto en cara al resto de títulos de la compañía? Acordémonos, si no, del tubo por el que pasaban las tortugas de Buscando a Nemo hacia aguas australes o, si me apuran, de la larga secuencia en la que los juguetes de Toy Story 3 van a conocer la muerte y son salvados por ‘el gancho’.
Efectivamente, el espectador Pixar vive en un permanente palco VIP desde el cual admira embobado la gracia de unas ficciones sin tragedia última (aunque la sutileza con la que se cierra aquí el capítulo del amigo imaginario puede competir con las de la muerte de Mufasa o la madre de Bambi). Si Inside Out genera cierta antipatía es por su honestidad brutal, gracias a la cual consigue encontrar la verdad justo donde el guión no la puede subyugar. La misma con la que, oh, paradojas, viene a aseverar que para estos animadores la historia es la base a derrumbar para poder (re)inventar. Ésa que, ayudada por uno de los más imponentes puntos de giro del cine reciente, sugiere que sus responsables son antes oficinistas que libres artistas.
Lo nuevo de los responsables de Monstruos S.A. es un hito porque pone nuestra propia concepción acerca de sus productos en crisis. Y es que puede que durante todos estos años hayamos estado haciendo la vista gorda ante los males que siempre habitaron la factoría. ¿O es casualidad que a tanta y tanta gente sólo se le queden en la memoria los arranques de Up y de Wall-E, dos instantes liberados de la esclavitud del texto antes de que sendos filmes sean presa de ‘una historia que contar’? Quizás haya llegado el momento de hacer cuentas con nosotros mismos más que con una película que, realmente, ha puesto su propio panorama (y el nuestro) del revés.
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