El cine que te hace sentir bien

FIRMAgasol

Hay películas que, más allá de su calidad, tienen la capacidad de tocar algo profundo en ti. De hacerte sentir menos solo, abrazado por el universo del creador. Su generosidad te conmueve; su valor, alejado del qué dirán, también. A esas producciones va dedicado este nuevo post, que verá diferentes entregas en el tiempo, y que os invita a opinar para decirnos si os sentís, o no, parte de la fiesta.

DAZED AND CONFUSED

LA COMPLEJA LIGEREZA
Un día, una compañera de trabajo me dijo: ‘Dime una película que te guste mucho, así tendré algo para ver esta noche’. Yo le contesté: ‘Adoro Dazed and Confused (Movida del 76 en español)’, y ella me replicó: ‘¡Yo amo también esa película!’. En ese mismo momento los dos a la vez dijimos: ‘That’s what I love about highschool girls, I get older, they stay the same age (con movimiento de manita incluido)’. Nos reímos. Fueron unos segundos de complicidad que me llevaron a pensar, ya en casa, que aquella escena tan descarada contenía una poética inusual.
Sí, Dazed and Confused es una obra muy especial. Pudiendo caer en excesos de todo tipo, el director retrata su generación con una inteligencia y una gracia increíbles. Respeta a sus personajes, sean de la condición que sean, y sólo quedan cual caricaturas los padres, en lo que no deja de ser un gesto de rebeldía adolescente que le va a la cinta como anillo al dedo.
Esta primera escena escogida, explica, per se, el modus operandi del cineasta tejano, que hace de la ligereza en el trazo su marca de identidad. Pero que nadie se equivoque. Ser ligero no implica ser simple, y este instante, como el resto del film, está cargado de matices. Es, de hecho, muy complicado decir de qué material está fabricado. Veamos: tenemos un diálogo muy rápido, atravesado por el cannabis, en un espacio en el que se alzan grácilmente unos juegos de miradas dentro de una puesta en cuadro que encierra a unos pueblerinos frustrados en su madurez. ¿Dónde está la salida? Una chica pasa. Se marcha al fuera de campo. Sólo ellos la ven, aunque ninguno se mueve. Al final queda, tan solo, el choque generacional entre los adultos y el freshman, que mira con extrañeza una realidad que aún no puede asimilar.
Efectivamente, la cantidad de ideas en la puesta en escena es extraordinaria. Todas llegan sin ser notadas o subrayadas. El uso del sonido es, asimismo, delicioso (¿qué nos dicen esas canciones de rock o ese ruido ambiente de fiesta de fin de semana en un pueblo?). Richard Linklater habla de trascendencia sin tremendismos porque, para que el hombre vaya más allá del tiempo, éste debe ser humilde. Así es como se vive la vida, y no se la sobrevive.
El tiempo, materia prima del cine, es, igualmente, la piedra angular sobre la que se cimenta la obra del responsable de Waking Life. Las películas de su filmografía que funcionan (la amplia mayoría) no entienden de relato tanto como de instantes independientes, liberados de un guión. Son momentos que viven presos de una determinada cápsula temporal (un día con su respectiva noche en Dazed and Confused o en Antes del amanecer, doce veranos en Boyhood…) que les acaba de otorgar sentido. Dentro de este dispositivo, el autor deja unos diálogos muy bien ensayados, de modo que parezcan naturales, aunque siempre hay espacio para la libre acumulación de palabras, ideas o gestos (el resto de los actores de la escena no dejan de reír, gesticular o murmurar cosas de forma improvisada).
Una idea se alza poderosa en ese batiburrillo juvenil: ‘Si alguna vez me refiero a estos como los mejores años de mi vida, recordadme que me suicide’, dice el protagonista, incapaz de encontrar sentido a su existencia según el tiempo se le escurre de las manos. ¿Cómo atraparlo para hacer que cuente? ¿Cuál es, por tanto, el reto del cineasta? La respuesta, en clave de prodigiosa cámara lenta, no necesita explicaciones.
Sí, nos encontramos ante un tipo con una sensibilidad muy especial que sólo se puede dar en los grandes. Fijémonos, por ejemplo, en otros dos planos (minutos 00:19 y 01:30 de esta escena), en apariencia de relleno, que, sin embargo, se antojan profundamente carismáticos (e incluso conmovedores) para cualquiera que haya estado en una fiesta adolescente/universitaria.
No es fácil ver en la vida real la belleza de estos instantes fugaces. Que a Linklater se le ocurra llevarlos a la pantalla me parece una genialidad. La melancolía que surge, como quien dice, de la nada, también. El uso, en este sentido, del Tuesday’s Gone, de Lynyrd Skynyrd, resulta memorable. Como, asimismo, el del Why can’t We be Friends?, de War, en esta otra escena.
 
La emoción que despierta la misma no tiene que ver tanto con la confrontación de significados entre la letra y la imagen como con esa ligereza, esa alegría propia de la juventud, e inherente al tema, que estalla aquí de modo insólito. Es como si Linklater nos dijera: ‘Ey, ¿os habéis fijado que buen rollo transmite esta canción?’. La pregunta, entonces, es si hay, o no, también buen feeling entre los veteranos y los novatos durante las novatadas. Si realmente debe ser así. O si esas infantes dulces se acabarán convirtiendo en las zorras que augura la protagonista al final de la escena o mantendrán, al menos, una cierta inocencia.
Vertebrar todo esto en una comedia adolescente se me antoja uno de los grandes logros de la Historia del Cine. Llevar el absurdo de las novatadas al nivel de la existencia (¿cimentaron los personajes ahí, en ese campo de batalla, sus romances y amistades?) es un prodigio al alcance de pocos .
La chica con la que comentaba el film me dijo que un compañero de la universidad le habló del realismo de esa escena. Yo me emocioné, y le comencé a contar anécdotas de mi vida universitaria que conectaban con ese momento. Más tarde, en casa, caí en la cuenta de que el realismo de Linklater, a medio camino entre lo íntimo y lo universal, no entiende de fronteras: unas cervezas entre pueblerinos americanos en cualquiera de sus trabajos puede conmover a un autóctono y a un españolito por igual. Y pensé: ‘¿No estamos, acaso, ante uno de los grandes genios de la Historia del cine norteamericano? Sin duda, pero su ligereza (sí, también la de la persona, que tiene aspecto de ese colega que nunca te falla para tomar unas birras) le juega, como a su obra, una mala pasada en este sentido. No importa. El tiempo, que él tan bien retrata en sus películas, le acabará colocando sin discusión en el Olimpo en el que lleva años sentado’.
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