El cine que te hace sentir bien II

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EL IMPERIO CONTRAATACA

UN LUGAR DONDE QUEDARSE

Es la primera película de La Guerra de las Galaxias que vi. Cuando regreso a ella, no puedo evitar echar la vista al pasado y sentir las inquebrantables sensaciones de las Navidades de antaño, aquellas que reunían a toda la familia. También la asocio a otro sentimiento de la niñez: la incomodidad que desprendía una cinta, en teoría, fabricada para entretener. ¿De dónde procedía? Y, aún más importante, ¿continúa existiendo esa sensación? La respuesta es tajantemente sí. Ver El Imperio contraataca sigue resultando un reto. Ahora, ¿por qué? Eso es lo que intentaré explicar aquí.
Quizás lo mejor sea ir, precisamente, a la escena que más desubica al espectador. Aquella en la que Luke, en el planeta Dagobah, se interna, de repente, en una cueva. Es un instante de gran modernidad, que no tiene que ver tanto con la narración como con la idea de una filiación del héroe con el antihéroe que, para entonces, es aún un misterio para nosotros. La digresión narrativa es brutal: dejamos con naturalidad la historia aparcada para entrar en el onírico y establecer puentes con un ayer que sólo conoce en esos momentos Yoda.
La secuencia me sigue dejando algo perplejo. Continúa provocándome malestar. Al igual que aquella en la que Murphy entraba con su compañera en la ratonera que lo terminaría convirtiendo en Robocop tras ser masacrado, esta escena me desplaza tan salvajemente de mi lugar de confort como espectador que, por más que la revise, no deja de intimidarme la presencia fantasmal de Vader antes de que surja. Por ello creo que, en lo tocante al subtexto del film, es el momento más significativo. El que mejor nos explica la naturaleza de una realización en la que no existe para los protagonistas un lugar que habitar, lo que les obliga a deambular las dos horas de metraje por el espacio. Razón por la que Luke debe vencer a sus fantasmas: para salir de la cueva a la realidad y, desde ahí, poner orden en la galaxia.
El Imperio contraataca es, efectivamente, un trabajo lleno de espectros en el que el pasado pesa a plomo sobre el presente. Por eso no es casualidad que veamos la cabeza deforme de Darth Vader, que el emperador sea un holograma, que Vader elimine sin tocar a los superiores que le fallan, que Han Solo sea congelado vivo (se convierta en una imagen resbaladiza), que aparezca Boba Fett, un cazarrecompensas de aspecto fantasmal o que el film cierre en Bespin, una ciudad en las nubes.
La obra se descubre a través de esta radicalidad en toda su modernidad y grandeza. Entre otras cosas porque jamás cede a ninguna servidumbre: no deja de lado su espectral temática ni entrega un final cerrado o feliz. No encontrarán los personajes en su odisea fatal ese soñado lugar al que aferrarse para cimentar una vida en paz. Tampoco hay ninguna gana de complacer al fan, lo que, por un lado, genera la aparición de nuevas figuras (que el tiempo hizo icónicas), y, por otro, desvela al extraordinario guión de Leigh Brackett y Lawrence Kasdan como una fuente de inspiración mayor a la que se aferra (con una literalidad bastante académica, también hay que decirlo) un Irvin Kershner capaz de sacar a la luz la increíble cantidad de matices que éste le brinda.
El recorrido es fascinante, pero doloroso, pues, como en toda buena producción contemporánea, la recompensa está en el camino, y no al final de éste. El premio lo hallaremos en la forma en la que se amplía el marco emocional de todos y cada uno de los personajes, muy lejos de las planas figuras de la primera cinta. Asimismo, en el romanticismo que desprende la obra, y que depara los únicos bálsamos para los protagonistas y el espectador, amén de algunos de los más emblemáticos instantes de la historia del género.
En esta escena podemos deleitarnos con tantas de las cosas que Kershner pone en juego: esos humos, esa galería de secundarios o el trabajo con el sonido (¡que trágica la respiración de Vader sobre el diálogo entre Han y Leia que nos transporta al romance entre Padmé y Anakin! ¡Como ese gruñido de Chewbacca al perder a un amigo!). Mientras, de fondo, John Williams imparte cátedra con la mejor partitura que, a juicio del que esto escribe, haya entregado jamás. Y sí, qué decir de la fotografía sublime de Peter Suschitzky (en sintonía con el glorioso diseño de producción de Norman Reynolds) que encandiló a Cronenberg (desde entonces no ha dejado de colaborar con el canadiense). El director de fotografía entrega aquí una paleta colosal que va de los blancos de Hott a los negros del espacio exterior, pasando por los tonos oscuros de Dagobah y los pasteles de Bespin, para colocarnos en el interior de un viaje físico y, como veíamos en la escena que abría este post, mental.
*Perdón por el vídeo, pero no encontré esta escena con mejor calidad en internet.
Oscura y enormemente trágica, El Imperio contraataca no da tregua. Pero la recompensa es extraordinaria: el disfrute a cada segundo de un film de aventuras que, gracias a sus ambiciones, se convirtió no sólo en la mejor entrega de la saga, sino en una verdadera obra de arte. De ahí mi escepticismo para con lo nuevo de J.J. Abrams, que tiene más pinta de resurrección de un muerto a mayor gloria del fan que de auténtico paso adelante. Pero que no cunda el pánico. Como Luke, uno siempre está dispuesto a rectificar y cambiar el paso. Que la Fuerza sea, entonces, nuestro aliado para creer.
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3 Respuestas a “El cine que te hace sentir bien II

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