El letargo de la Fuerza

El desprecio general para con las precuelas y el entusiasmo que ha despertado el último trabajo de J.J. Abrams sacan a la palestra, al menos, dos nuevas ideas acerca de la franquicia Star Wars: a) que la imaginación del hacedor está muy por encima de la del fan y b) que, como escribió Nicolás Prividera en su insoslayable artículo para Con Los Ojos Abiertos, en la obra de George Lucas siempre hubo una implicación política (más o menos acusada) que ha sido eliminada casi en su totalidad por una corrección política sin política.
Prividera habla también de otros dos interesantes conceptos. El primero es la pertenencia de la fórmula íntegramente a Lucas (J.J. Abrams, al igual que los fans, sólo la comprendería desde el exterior, de modo que, por y para ellos, ha depurado en esta nueva entrega la superficie del universo original hasta dejarlo resplandeciente en su inocuidad). El segundo es la tumba que el director de American Graffiti cavó para sí mismo al resucitar al Hollywood acrítico (ojo al párrafo que le dedica Nicole Brenez aquí), cuya extensión lógica es este despertar de la Fuerza que ha olvidado por el camino todo aquello que, por ejemplo, sí estaba en la hoja de ruta del Episodio II (excelente crítica de Jordi Costa para Fotogramas). ¿Está justificado entonces el jolgorio? ¿No se estará devaluando gratuitamente el trabajo posterior del autor de THX 1138? Veamos.
El fan se indignó en su día frente a los Episodios I, II y III porque Las Guerras Clon, que vertebraban el Episodio IV desde su invisibilidad, formaban parte de un misterio que el espectador debía resolver por su cuenta y, ciertamente, aquellas películas fueron incapaces de transportarlo a ese territorio fantástico imaginado en su día por cada uno.
Así las cosas, J.J. Abrams ha optado por la tábula rasa (bastante despistada, dicho sea de paso): se terminaron los excesos digitales (sólo hay unas pocas concesiones: para agilizar la imagen, sobre todo en la acción, y para crear dos personajes horribles: la fiel Maz Kanata y el nuevo Lord Sith Snoke). Igualmente se acabó con la filmación en soporte digital. Ahora prevalecen los formatos 35 y 70mm. para recuperar la fisicidad de antaño según se abrazan ciertas vías modernas en la narración. Una operación en la que el creador de Alias demuestra un cuidado espectacular: no hay escena alguna que no exhiba un gran conocimiento de causa. De hecho, prácticamente todas ellas están plagadas de detalles que, sin llegar al barroquismo de las precuelas, remiten a lo antiguo. Sin embargo, el depurado no sólo es de excrecencias, también de ideas. La colaboración con Lawrence Kasdan (guionista de El Imperio Contraataca) supone un retorno a las esencias que pasa por un ‘borrón y cuenta nueva’ que no logra justificar que todos los espacios y situaciones por las que transitan los protagonistas estén ya vistas y anulen cualquier factor sorpresa. Esta arquitectura del dispositivo ha sido leída por Carlos Reviriego como un Star Wars en doble exposición. El problema es que una doble exposición sirve para cuestionar los territorios mitificados por el tiempo, lo que conlleva unos retos que Abrams, desde luego, no ha querido afrontar.
El director no busca una ruptura. Ni siquiera un diálogo. Más bien la glorificación de lo arcano. Se comporta así como un geek más, justo como los personajes principales de la cinta (Rey en el lado luminoso y Kylo Ren en el oscuro), fans absolutos de una era pasada. De Ren, Abrams parece haber tomado el miedo a fracasar ante la leyenda (Vader = Lucas). De Rey, un entusiasmo juvenil bastante naíf. No obstante, nada ha atrapado de la originalidad de ambos (ella se ha fabricado unas gafas con los restos del casco de un viejo Stormtrooper y él busca alumbrar algo auténticamente distinto para la saga).
Abrams no inventa en exceso. Tampoco imita. El despertar de la Fuerza es un conglomerado de momentos míticos mirados con un respeto que hace imposible el gesto valiente de ponerlos en crisis (gesto que le valió la cabeza a Lucas, apartado definitivamente de estos nuevos proyectos). Por eso lo peor de la película reside en el evidente mecanismo de las levísimas mutaciones presentes en cada escena (ninguna de ellas evoca algo que no hayamos visto). En cuanto a lo mejor, acaso esté en esa fuga de luz del rostro de Kylo Ren justo antes de vencerse definitivamente al lado oscuro en su encuentro con Han Solo, aunque incluso ahí la obra de Abrams palidece en su fotografía frente a la labor de Peter Suschitzky para El Imperio Contraataca.
También habría que destacar entre lo más sugestivo el plano/contraplano final entre el sable láser de Luke y su mirada ya anciana y llorosa. Sin duda, lo único a salvar de uno de los peores cierres cinematográficos recientes: se antoja muy difícil escoger unos planos y unos movimientos de cámara más inútiles y feos que los que elige Abrams. También es complicado montarlos peor. ¡Y ese broche desde el helicóptero, inobjetable decisión de impotente creativo para tratar de hacer emerger la emoción que la cámara ha sido incapaz de capturar!
Sí. El mayor problema de la cinta reside, precisamente, en lo que la convertía en especial (o no tanto): los encuentros y reencuentros, que son aquí filmados rematadamente mal por un director cómodo en el batiburrillo, pero perdido en el fluir de las emociones y en el trabajo en el tiempo, a la postre, materia prima del cine. El de Super 8 es mejor que Lucas en la acción, pero no en la creación de imágenes poderosas cargadas de ideas. Tampoco en la generación de emociones que no pertenezcan a la sensibilidad/sensiblería.
El último tropezón lo protagoniza John Williams. Su partitura para la ocasión es, quizás, la peor de toda su carrera. El maestro, que suele elevar las imágenes de las películas para las que colabora, se muestra completamente funcional, por no decir impersonal. La banda sonora parece hecha por un cualquiera. No hay ni una melodía, ni un gesto que llevarse a la memoria. En algunos casos sus temas suenan cual descartes del Howard Shore más perezoso de El Hobbit. Y esta flaqueza, muy marcada en la llegada de los créditos finales, termina por hundir el supuesto gran clímax de la obra, cuya sosería duele. ¡Qué lejos queda esto!
Pero no seamos cenizos, pues J.J. Abrams también ha tenido sus aciertos: ha seleccionado un casting que funciona muy bien (en especial Daisy Ridley), ha diseñado unos nuevos personajes con un carisma que ya hubieran querido las precuelas, ha regresado a las viejas texturas con trucajes digitales que las modernizan con sentido y ha colocado en la historia de la saga varias semillas que serán regadas por los mejores jardineros. Véanse, si no, los responsables de los títulos por llegar. Diríase que, con todo, la Fuerza nos vuelve a acompañar. Al menos sobre el papel. Sólo queda que algún valiente la despierte de verdad. 
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