La mirada velada

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Comenzaba Carlos Losilla su análisis sobre El hijo de Saúl hablando de Elephant, de Gus Van Sant. La comparativa no me parecería más acertada sino fuera porque, en mi opinión, ésta no sirve para hablar de la supuesta grandeza de László Nemes, sino para situar su celebrada ópera prima en el lugar que verdaderamente le corresponde: el del bluff de catálogo de festival.
La diferencia entre la obra de arte del norteamericano y la tomadura de pelo del húngaro reside, básicamente, en cuestiones éticas que devienen estéticas. Estas comenzarían con el porqué del deambular de los protagonistas y terminarían con la distancia tomada respecto a lo que se filma (distancia meramente cinematográfica), el lugar de la cámara en este juego y la manera en que ésta se mueve frente a lo que observa o deja fuera de campo. De momento nos centraremos en el movimiento de los personajes a través de un espacio.
Los chicos de Van Sant pasean sin motivo aparente. El hecho de no tener problemas reales provoca su sinsentido. Los de Nemes, muy al contrario, sí encuentran una razón para actuar. Esto puede parecer una bobada, pero es una decisión sobre los protagonistas que lleva incorporada un gesto cargado de ética que sitúa a los individuos filmados en panoramas absolutamente distintos, pues los adolescentes, al vagar sin rumbo, son, de algún modo, cómplices de lo que les va a pasar (cómplices, que no responsables o corresponsables), mientras que los judíos, cargados de razones, no formarán jamás parte del Holocausto, sino de la lucha contra el mismo. En otras palabras: si Gus Van Sant se enfrenta a una durísima historia real para hacer cuentas con un problema social (o sea, de todos), László Nemes no puede aceptar, ni por un instante, que su gente tuviera algo que ver con la ‘Solución Final’ (cosa única de los alemanes, reducidos en su realización a poco más o menos que unos monigotes gritones capaces de apiolarse, eso sí, a seis millones de los suyos). Por eso los chicos de Elephant son parte del infierno cotidiano elaborado por el director, mientras que las víctimas de El hijo de Saúl están despegados de un horror que pertenece a un plano distinto que los moralistas han decidido llamar ‘lo irrepresentable’.
Esta cuestión de mirada afecta frontalmente al dispositivo. En el caso de Nemes no se trata, como en el de Van Sant, de uno inmersivo, sino de uno de lucha contra el sistema, más cercano a Dos días y una noche, de los Dardenne, que a Qué difícil es ser un dios, de Aleksei German. Y esto es esencial para entender por qué El hijo de Saúl parece, a todas luces, una película vieja, donde la cámara sigue a un sujeto como un reportero audiovisual persigue a Paquirrín por las calles de Madrid. Un problema ético, derivado en estético, que culmina en una de las manifestaciones cinematográficas más odiosas posibles: la de la lente tras el personaje como un pollo sin cabeza, sin otra voz que no sea la de los movimientos del actor.
La comparación entre estas dos escenas es un paradigma perfecto en este sentido. También arroja luz sobre otra decisión del debutante profundamente discutible: el uso sistemático del desenfoque y el batiburrillo en el sonido. Mientras que la cinta de Van Sant planteaba rimas sonoras y usaba las idas y venidas del desenfoque para jugar con las distancias y las impresiones dentro del instituto y así transformarlo en un infierno cotidiano donde se mascaba el enigma, la de Nemes se limita a emborronar la imagen y el sonido de fondo. Y uno no deja de preguntarse por qué, si el horror es irrepresentable, no deja toda la pantalla desenfocada. ¿Qué consigue el autor sacando de ‘lo irrepresentable’ a Saúl?
Recuerdo, entonces, la portentosa Phoenix, de Christian Petzold, donde una mujer judía recibía una carta que la colocaba en el lugar de víctima del Holocausto, pero, a su vez, en cómplice indirecta de otra tragedia. Aquí, muy al contrario, el cineasta sólo entiende de una lucha entre buenos y malos donde los claroscuros se diluyen.
Es curioso que fuera un admirador de El hijo de Saúl, como Carlos Losilla, el que dijera que Shu Qui, en la excepcional The Assassin, viajaba del pasado al presente para poner orden, porque se podría decir, de modo similar, que Lázsló Nemes viaja aquí del presente al pasado a poner desorden. Si Shu Qi provocaba un desvelo en la historia que le servía a Hou Hsiao-Hsien para decodificar todo un género a través de su arte, el director húngaro hace justo lo contrario: vela la mirada del espectador. No creo, pues, que su dispositivo, tanto a un nivel de imagen como de sonido, esté tan pendiente de la milonga acerca de la representación del horror como de nublar la vista del que mira.
Lo mismo se puede decir acerca de las motivaciones confusas del personaje. Pero es aquí, paradójicamente, donde la película se torna interesante, pues encuentra su verdad (sibilina, eso sí): Saúl, un judío no creyente, ha tenido una visión, una epifanía (necesita dar un entierro religioso al niño), y Nemes, en unos tiempos de cinismo de pandereta en los que la religión, por ignorancia, está defenestrada, vuelca su cine sobre el gesto que liga la vida y la muerte (religare) a través de un Dios, de modo que relativiza la hazaña de los sonderkommandos sublevados para llamar la atención sobre el objetivo real del nazismo según su opinión: la destrucción total de la cultura judía.
El hijo de Saúl es, sí, la enésima muestra de un complejo eterno frente al Holocausto. Complejo que sigue hoy en pie simbolizado estoicamente por el Estado de Israel. Y es aquí donde la obra, que parecía haber visto la luz, vuelve a ocultarse tras los velos para hacer surgir otro interrogante clamoroso: ¿Es ésta una neutral mirada a la ‘Solución Final’ o una estudiada y siniestra versión arty de Pourquoi Israël? ¿No habrá usado Lázsló Nemes el exterminio cual infame vehículo para armar un ejercicio audiovisual de militancia judía?
Personalmente creo que el cineasta ha dejado caer el velo en nombre de ‘lo irrepresentable’ para hacer de las suyas. El problema es que tanto crítico se lo haya comprado, como si cualquier propuesta sobria acerca del Holocausto fuera, per se, honesta. Sin embargo, cabe preguntarse si, verdaderamente, hay algo imposible de representar en el arte, y si no es, acaso, ésa una de las obligaciones del artista, la de arrojar luz incluso en la más oscura crudeza.
Una cosa más. ¿Nadie se ha parado a pensar qué puede tener de especial el Holocausto que no tengan otras matanzas sistemáticas? ¿No estaremos siendo engañados por la misma maquinaria que liberó Europa? Ardo en ascuas por escuchar lo que Godard tiene que decir sobre El hijo de Saúl, la película que más me ha irritado desde Amour.

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Una respuesta a “La mirada velada

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