El cineasta boxeador

‘¿Cuánto vale la vida?’, se preguntaba una voz en off en el segundo largometraje de Alejandro G. Iñárritu. Bien haría el de Amores perros en cuestionarse ahora cuánto vale una imagen, un plano-secuencia, un rostro, un icono, un espacio, un bosque… o la honestidad. De ese modo, quizás, el metraje de El renacido no se antojaría infinito en sus inútiles dos horas y media. Y no, no tiene nada que ver con lo mínimo de la historia, ya que, como dijo Godard, para hacer una película sólo necesitas una chica y una pistola. El problema es la carencia de talento para tallar una obra verdadera con los ricos elementos a disposición.
Aquí, Iñárritu, no tiene sólo una chica y una pistola. Tiene varias mujeres, tiene muchos tiros, tiene violencia, y recreación de época, y luz natural en el parque Yellowstone, y árboles, y cielo, y estrellas, y frío, fuego, aire y agua, y animales, indios y blancos… pero, ¿para qué? ¿Para qué, si en un período en el que se masacraban nativos americanos a estos se les ha dejado una triste línea en toda la realización? ¿Para qué, si la tensión entre blancos franco y angloparlantes no ilumina la fundación de una nación? ¿Para qué, si las lenguas habladas no son más que batiburrillo? ¿Para qué, si los animales, como las personas, no son aquí nada más que instrumentos para hacer exhibicionismo del dolor (lo que siempre ha hecho este director)?
Cómo explicar, si no, ese travelling de acercamiento a un hombre hambriento que se come un pez crudo. El plano secuencia sirve para esculpir en el tiempo. En El renacido, básicamente, para mostrar lo grandes que son las pelotas del autor. Pero en esta escena, más allá de eso, nos encontramos con la abyección más pura: ¿creen que si Iñárritu hubiera pasado alguna vez hambre habría filmado ese momento de esa forma?
Supongo que nadie que esté leyendo estas líneas se ha encontrado jamás en una necesidad similar, pero entenderá que, puestos a crear, uno debe ser respetuoso con sus personajes (y más si se desprenden de figuras reales, como en este caso). El responsable de Biutiful los usa para rasgarnos la mirada y así juzgarnos. Ahí está, si no, el último plano del film, en el que este superviviente nos mira como quien pone en cuarentena nuestra acomodada posición de burgueses (desde una producción diseñada para ser glorificada en Hollywood…). La cinta opera, en este sentido, de forma similar a La pasión, de Mel Gibson, donde el martirio y el brutal asesinato de un ser humano eran el instrumento para tirar a bocajarro una ideología. Sin embargo, siempre defenderé aquella obra porque en su interior (y exterior) había algo que no se intuye aquí jamás: su presencia en el género es verdaderamente única, su fotografía arriesgada, su palabra, en diversos idiomas nunca doblados, valiosa y su independencia creativa al margen de la industria incuestionable.
Puede que Iñárritu crea haber hecho algo nuevo, pero siento decir que El renacido no es más que un ejercicio técnico copiado de lo que los videojuegos llevan haciendo, al menos, veinte años. No hay una una distancia demasiado larga entre su film y Assassin’s Creed III, por decir. Pero lo que marcha en un juego (la pegada visual desde la técnica) no tiene por qué hacerlo en el cine (arte de sacar lo invisible desde lo visible), y cualquier posibilidad de misterio queda aquí aniquilada por la pretensión constante de ser el más virtuoso del mercado.
Lo de los instantes oníricos, hundidos en cámaras lentas bochornosas y repetitivas, y la trascendencia copiada vulgarmente de Malick merece capítulo a parte. Llevar al equipo del tejano para fusilar su estilo y añadirle un barniz de videojuego está muy feo. Tratar de vender lo viejo como nuevo mediante ese barnizado, también. Aquí las palabras se las lleva el pesadísimo dispositivo, que machaca cualquier atisbo de discurso en imágenes. La voz en off es nada. Un rostro a través de un gran angular, las ganas de epatar. Es como si el director necesitara dejar su huella a cada instante. No deja a las cosas ser. No existe una verdad en esta orquestación bajo la cual no palpita vida alguna.
Y vale, no diremos que todo sea malo. Las interpretaciones están bordadas (lástima que Iñárritu, maniqueo como él solo, nos salga con una batallita de buenos y malos), y las escenas del oso y la caída del caballo, tras una imponente galopada, son excelentes (no hay spoiler aquí, porque, lógicamente, son dos de los instantes que la distribución ha colado en Internet). Pero más allá de esto, la nada. O peor, el tedio, cuando no la irritación frente a esta película de ideología, que no puede acabar con un tiro, pues debe regodearse en la miseria, en el dolor, en las mutilaciones, en la sangre… y en una patética redención que hace aún más oscura su mirada sobre la venganza. Porque las ideologías, al contrario que las ideas, velan en lugar de desvelar. Así, la luz que irradia el amor en el cine católico de Malick, tachado por los cínicos de pandereta de manual de autoayuda cuando se trata, realmente, de una honda y honesta mirada al dolor pergeñada por quien ha sufrido lo indecible, deviene oscurantismo neocon en las manos de este exhibicionista, salvaje y furibundo.
Y ya que hablamos de luz, diré que Lubezki no me parece manco, pero creo, personalmente, que está muy lejos de los grandes. Porque un maestro de la fotografía no es sólo alguien capaz de moldear el flujo lumínico (para eso le pagan), sino un tipo creativo. Y siento decir que a)aquí no vemos algo muy distinto a lo que ya habíamos visto en su filmografía y b)su trabajo no se muestra a nuestros ojos como el universo insólito que debiera (tengamos en cuenta que no hay información audiovisual del siglo XIX), como sí ocurría con las labores de Néstor Almendros en Días de cielo o Sven Nykvist en El sacrificio, donde la expresividad de la luz al golpear sobre la materia, tanto en interiores como en exteriores, era mucho más original que la de El renacido.
La elección de Almendros y Nykvist no viene a boleo. Los he escogido por sus colaboraciones con Malick y Tarkovsky, los autores con los que Iñárritu osa medirse. No estamos en el territorio de la humildad, precisamente. Tampoco en el de las referencias bien digeridas, pues da la sensación de que el de Babel las usa para aclararnos a cada instante que su liga es la de los maestros. A diferencia de la sublime Carol, de Todd Haynes, El renacido es pura expresión histriónica de sus referentes, puestos en una balanza para ser pesados al lado de un cineasta que, visto lo visto, entiende que su oficio está más cerca del boxeo que de la poesía.
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