El cine que te hace sentir bien III

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CHUNGKING EXPRESS

¿DE QUIÉN ME ENAMORÉ?
El viento mueve unas nubes que colonizan un cielo fotografiado en un hermoso azul marino que remite al anochecer de una ciudad costera; al océano que separa Hong Kong de California, dos ciudades con algo en común en la inolvidable Chungking Express: sólo pueden ser soñadas. Por eso el humo de esas chimeneas; previo paso a un corte radical de las calles ajetreadas de la colonia británica que, por aquel entonces, ya sabía que en tres años dejaría de serlo. Una identidad en fuga, como la belleza de sus luces de neón.
Porque nada dura eternamente. Todo se transforma. Así, el arranque de la cinta es el final de una relación. Del mismo modo que una peli de acción se torna un artefacto romántico en el paso de hora del cortísimo plano de un reloj. El tiempo, materia prima del cine, lo es también del cuarto largometraje de Wong Kar-Wai. De toda su carrera, de hecho, pero, acaso, nunca surgieron sus obsesiones con tanta naturalidad como en esta obra filmada y montada en tan solo un mes.
Sí, Chungking Express es un trabajo tocado por la Gracia. Asimismo por la gracia, ésa que se filtra a través de las idas y venidas de cuatro personajes que dan cuerpo a una de las más insólitas comedias románticas del audiovisual contemporáneo. Una pieza única en el género que, como explicó alguna vez Tarantino (fan declarado y distribuidor en Estados Unidos de la producción), parece estar gobernada por la fuerza inherente al cine de acción hongkonés.
Efectivamente, uno habrá visto muchas veces películas con situaciones similares, pero jamás expresadas como aquí, donde los saltos temporales, las digresiones narrativas y las oquedades argumentales no pretenden dar cuerpo a una historia, sino a una siempre inestable memoria que es conquistada desde una sensualidad muy personal. Igualmente desde una peculiar poética que posibilita a las casas llorar y a las latas de piña datar la caducidad de una historia de amor. Una poesía mecida en una arrebatadora y genuina musicalidad de la imagen y en un romanticismo extremo.
Alejada de la dictadura de guión alguno, son sus ligeras pero complejas imágenes las encargadas de llevar a buen puerto semejante empresa. Unas imágenes tan dulces, románticas y naif como un tema pop. Capaces, todas ellas, de transportarte a un territorio íntimo donde se dirimen los impúdicos y ambiguos juegos propios del enamoramiento.
Por ello, gran parte de las enormes conquistas de esta imborrable cinta, hecha de instantes que no duran, de escenas que parecen que se fueran a romper en plena concepción, recae en sus dos directores de fotografía, que son, a la vez, los más importantes en la filmografía de Kar-Wai: Wai-Keung Lau y Christopher Doyle. Cada uno puso su sello a una de las dos mitades que conforman esta realización fracturada con sendos trabajos de similar categoría, pero de muy distinto tono, pues, mientras que en la primera sección gobiernan los rojos, negros y azules oscuros, en la segunda priman los verdes y blancos. O, dicho de otro modo: si la turbiedad nocturna del traficante marca el estilo inicial de la obra, la luminosidad naif del inconsciente de una camarera enamorada lo hará en su último tramo.
Las dos historias, independientes, de disimilar duración y conectadas por un nexo levísimo (es bastante increíble que esta película montada en tres días se sostenga en su mínimo andamiaje), se muestran permeables a cualquier tipo de penetración e intoxicación narrativa ajena (la aparición de Tony Leung con un oso de peluche gigante a sus hombros durante la historia protagonizada por Brigitte Lin y Takeshi Kaneshiro es un buen ejemplo) pues, como decíamos al principio, no se trata de contar una historia mil veces vista, sino de dar cuerpo a la memoria y su caprichosa naturaleza, de modo que los agujeros narrativos dan paso a sorprendentes rupturas en el lenguaje, y los ralentíes, a barridos sobre neones, jump-cuts, congelados de imagen y escenas musicales que podrían haber sido reales o no. ¿Coicidencia entonces que el California Dreamin’, de The Mamas and the Papas, y el Dream Person, de Faye Wong (versión del Dreams, de The Cranberries), se alcen como leitmotiv de la última sección del metraje? Obviamente no, mas, ¿a santo de qué esa obsesión con lo verdadero y lo soñado en esta película hongkonesa? ¿Qué puede tener que ver todo ello con su realización tres años antes de la adhesión de la región a China, cuando ya sabía que su ‘cambio de identidad’ era inevitable? Tales preguntas conducen directamente a un nombre fundamental en la filmografía de Wong Kar-Wai: Michaelangelo Antonioni.
El considerado como el gran director de la incomunicación perdió la luz de su faro cuando entendió que su cine no versaba en verdad acerca de la incomunicación, sino sobre la identidad (Identificazione di una donna no se antoja una casualidad). Pero en ese trayecto también alumbró una relación entre ambos términos que mucho nos puede servir para comprender de dónde surgen algunas de las cuestiones que el director de Deseando Amar deja en el aire en Chungking Express: ¿cuál será mi nacionalidad cuando mi región deje de ser la que conocí?, ¿con quién he estado viviendo todo este tiempo? o ¿a quién he estado amando?
Las respuestas a estas preguntas tienen la forma de dos mujeres enigmáticas que cambian su imagen de manera radical al final de cada historia: la primera lleva peluca, gabardina y gafas de sol; la segunda, el pelo corto y vestido de camarera. Al final de sus respectivas secciones, Brigitte Lin se deshará de sus complementos, mientras que Faye Wong reaparecerá con el pelo largo y convertida en una azafata de vuelo. ¿De quién se enamoraron, pues, el par de despistados protagonistas masculinos? E, igualmente (y no menos importante), ¿podrán amar como entonces? ¿Es este un final pesimista o no? Si atendemos a la naturaleza ondular de este magnífico film, donde todo lo que acaba se transforma en una nueva aventura, habrá que optar por el optimismo dentro de una obra deliciosamente ambigua.
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