Welcome to Pussyland

‘Secretamente la gente se está cansando de la corrección política. Es una generación de besa-culos la actual. Vivimos en una verdadera generación de nenazas. Todo el mundo caminando con cuidado de no ofender. Vemos a gente que acusa a otros de ser racista por cosas que no eran racismo cuando yo crecí.’ (Clint Eastwood para Esquire)

Eastwood ha hecho de la integridad del hombre la piedra angular de su cine. Su última película, Sully, habla con lucidez acerca de la experiencia de lo real en los tiempos post-verdad en los que vivimos. Todo ello en una América llena de gente de diversas razas y culturas, algo impensable en otros autores como, por ejemplo, Woody Allen. Sin embargo, sobre él recae un fuerte estigma que no se aplica a los demás. Aquel que parece obligarnos a separar, por egocéntrica voluntad de algunos, al hombre del cineasta. Como si eso fuese posible. Como si existiese una distancia entre uno y otro.
Esta idiotizada e infantilizada sociedad nos obliga a hacer un examen de conciencia y a experimentar un sentimiento de culpa cada vez que nos plantamos ante una obra del californiano. Todo en nombre de unos valores morales tan falsos como sectarios. No es de extrañar que llegaran los disgustos tras la estupenda El francotirador. El film fue tachado de facha e inmoral incluso por compañeros de oficio como Seth Rogen, co-director de The Interview, una comedia tan lúcida en su reflexión acerca de la facilidad que tiene para la expansión el producto americano gracias a su condición elemental como inobjetablemente inútil en su crítica geopolítica precisamente por culpa de esa naturaleza pueril.
La película de Rogen recreaba, con una brillantez acaso involuntaria, un mundo globalizado en la inmadurez. Una sociedad mundial gobernada por una puerilidad que, en el contexto de lo real, se muestra inútil a la hora de enfrentarse a problemas verdaderos como el ISIS o a interpretar, sin caer en la crítica pacata, el impacto del Brexit en Europa o el triunfo de Donald Trump en América. Ambas victorias reducidas por el sistema a sendos tópicos: el egoísmo británico y la tradicional simpleza yanqui. O sea, la palabra corrompida para driblar el encontronazo con la realidad.
Sin embargo, y como señalaban las frases de Eastwood que abren este post, somos muchos los que ya estamos hartos de palabras que no valen nada. Y ésta es la auténtica razón por la que, en el caso de América, un hombre como Trump ha terminado conquistado el poder. Si los estadounidenses han dado su respaldo a este tipo tan mal educado no ha sido por una carencia de inteligencia, sino por la capacidad del sujeto para proponer soluciones reales a problemas reales, por muy poco ortodoxas que éstas sean. Por ejemplo: el terrorismo islámico es un problema real. Ante él, el presidente de los EE.UU. propone una solución real: prohibir la entrada de más musulmanes en el país. ¿Qué propuso Hillary Clinton al respecto?… Efectivamente. Pero en lugar de debatir seriamente si elegir a Clinton como aspirante demócrata fue o no una buena opción, la maquinaria ha preferido engañar al pueblo y aplicar un proceso de reducción sobre el valor del éxito del magnate a través de otra palabra hoy ya vacía: populismo.
Hay que preguntarse por qué criticar a Clinton le sitúa a uno automáticamente en el lado oscuro. Sin duda vivimos en un mundo siniestramente polarizado que nos inocula un miedo tremendo a decepcionar, a no encajar con un modelo de persona sensible de catálogo. Por eso nadie creía en una victoria de Trump. Porque pocas personas se sentían libres de verdad para decir en una encuesta que iban a votar a un candidato tildado globalmente de monstruo machista y xenófobo. Algo similar ocurrió con el Brexit: ¿quién iba a comentar abiertamente que votaría por mandar a esta Europa hecha mistos a la mierda si eso implicaba, automáticamente, ser un reaccionario, un irresponsable y un egoísta? ¿Es una casualidad que, a pesar de la supuesta maldad inherente a los votantes de Trump, hayan sido ellos los únicos agredidos hasta la fecha? ¿Lo es que se multipliquen los selfies (expresión máxima de la vanidad y el narcisismo) no para lucir tableta, sino para exhibir patéticos llantos tras la derrota de Clinton? ¿Qué clase de libertad es ésta que defiende un sistema generador de miedo y falsedad?
En España, por ejemplo, alguien es un ‘indignado’ cuando protesta en contra de un sistema de derechas (la palabra entonces lleva connotaciones positivas), mientras que es un ‘crispado’ (aquí las connotaciones son negativas) cuando se niega a ver una película de Trueba tras su escandalosa salida de tono al recoger un premio de 30.000 euros (un dinero que no ven familias ni en tres años). ¿Es que acaso Trueba no señaló alegremente en la infausta ceremonia que nos está estafando a todos y cada uno de nosotros cuando hace cine? Recordemos que el director madrileño recibió (mucho) dinero por, en teoría, hacer más culta (o sea, mejor) a España. Sin embargo, se descolgó con frases que sostienen su desdén hacia nuestra cultura y nuestra nación. Si este señor no elabora pro-patria, ¿por qué le dan este premio? Si es un escándalo y una estafa, ¿por qué darle un trato distinto al que daríamos a un político por el mero hecho de ser un cineasta de izquierdas? Y si la gente se molesta mucho por esto, ¿hay razón para que los tomen por unos crispados de derechas? Por cierto, y ya que hablamos de caspa, ¿es que hay acaso algo más casposo que este lavado de cara?
Es esta necesidad de anestesiar al pueblo, de neutralizar el pensamiento, la que está aniquilando el humanismo. Peor: lo está transformando en una mentira sensiblera. Los gestos verdaderos han dejado su lugar a la pose. Los espacios no significan. El hombre tampoco, doblegado por la fuerza de lo políticamente correcto.
Lo vemos de forma meridiana en un cine que da viva y muerta, libre y esclava cuenta de esta realidad, pues la expresión audiovisual también es presa de esta tremenda polarización social. Por eso, poniéndonos tan básicos como ella, podemos dividir a los cineastas contemporáneos en dos tipos: los autores a la caza de la verdad, como Clint Eastwood, Eugène Green o Terrence Malick; y los adalides de la mentira, de la falsedad y la sensiblería, tendentes a esquivar el verdadero compromiso con la realidad, como el Haneke de Amour, el László Nemes de El hijo de Saúl o el Jim Jarmusch de la más patética y vergonzosa realización del año: Paterson.
Porque la última propuesta del de Mistery Train es la anulación de todo lo que es problemático en su carrera. La corrupción total de esa idea motriz que la vertebra y que tan bellamente es formulada en el título de una de sus mejores películas: Sólo los amantes sobreviven. Un film que no era la incursión del director de Down by Law en el cine de vampiros, como tantos señalaban, sino la confirmación de que su obra siempre perteneció a este género. Nombres como Dead Man o Ghost Dog así nos lo hacen ver. Cintas, todas ellas, protagonizadas por tipos que pululan por las ciudades sin gracia, sin sangre. Incluso aquel atípico Don Juan que interpretaba Bill Murray en Flores Rotas era esta clase de personaje. El film formulaba de manera muy particular la tragedia interna del habitual hombre Jarmusch: la de un dador de muerte acechado asimismo por la parca. Una condición que lo convierte en un sujeto verdaderamente trágico y romántico. Con la capacidad (y la necesidad) de generar a su alrededor un universo personal formado por aquello que ama y así poder enfrentarse a una sociedad en la que se siente extranjero.
¿Qué queda de todo esto en Paterson? Básicamente la sosería de un autobusero interpretado por ese sobrevalorado actor con cara de hámster que tan de moda está. Nada tenemos aquí de la problemática propia de un personaje Jarmusch. Tampoco de esa personal poesía que uno encuentra en sus obras cuando menos se lo espera. En Paterson todo es un vulgar y vacuo subrayado. Resulta increíble que uno de los grandes poetas del cine reciente no pueda hacer nada más que citar a Ron Padgett como si fuera un adolescente que lo acabara de descubrir. Es como si el cineasta se hubiera vuelto tonto de repente y no entendiese que las cosas son, por lo que no hay que imponer una mirada particular sobre ellas. Una caja de cerillas es. No es necesario convencer a la imagen de tal cosa.
Qué triste ver a la palabra reducida a mero gesto pop a mayor gloria de un universo de diseño que revele la especial sensibilidad de un ególatra. Porque un verso de Padgett puede encontrar su razón de ser en una lectura, pero no mediante la imposición de una mirada. El cine no funciona así. Lo que es poético en la vida no lo va a ser a través del objetivo… y viceversa. Son mundos distintos. Por ejemplo, un hombre esperando el autobús durante dos minutos no tiene en la vida real nada de especial, mientras que ese mismo instante atrapado por una cámara sí puede encontrar su ‘yo poético’ dentro del tiempo cinematográfico.
Jarmusch actúa, sorprendentemente, no sólo como si fuera un adolescente que se acerca a un poeta por primera vez, también como alguien que no ha filmado un plano jamás. Los versos no implican en su película una tensión con la imagen. Justo lo contrario a lo que ocurría con el Bushido en Ghost Dog, donde un camino de vida revelaba una verdad en aquel mortífero Samurai.
En Paterson, sin embargo, las tensiones han desaparecido prácticamente. Toda la cinta funciona como aquel arranque de Terciopelo azul donde unos bomberos paseaban felices sin necesidad de apagar fuego alguno. El autor de Extraños en el paraíso no deja que su película entre en (peligroso) diálogo con la palabra, lo que podría suponer según y qué negaciones que prefiere evitar. De modo que el verbo, vaciado para la ocasión del significado primigenio que encuentra en la página, se impone a una imagen que tan solo puede ilustrarla. El cine como ilustración. Si Rohmer levantara la cabeza…
Jarmusch remata su patética jugada con dos de sus elementos favoritos: la rutina y las variaciones, reducidas aquí a la irritante idea ‘Las pequeñas cosas del día a día que no vemos pero que si nos fijamos contienen una belleza en su interior’. También usa para completar el naufragio a una mujer-florero que los pussies se encargarán de maquillar como la quintaesencia del soñador/idealista, cuando en verdad es, en todo caso, la quintaesencia de la nulidad y la estupidez. ¡Ah!, y un perro que, junto con el compañero de trabajo del protagonista, funciona como el único elemento real dentro de un mundo de mentira construido en teoría a mayor gloria del universo interno del poeta, pero en realidad, a la de una sensibilidad contemporánea tan moñas e inútil como falsaria e hipócrita. Aunque esto, como ven, tampoco es nuevo.
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