Jackie o el contraplano estalinista

Sólo he visto tres películas de Pablo Larraín y en las tres sucede lo mismo: la promesa de una puesta en escena relacionada con la fabulación de unos hechos que pertenecen al contraplano de la/una historia es abrasada por una ideología que, de forma sibilina, se cuela bajo el falso punto de partida. Las pelis son No, El club y Jackie. Filmes, todos ellos, cimentados sobre asuntos problemáticos. Pero Larraín, al contrario que el Bertrand Bonello de la magnífica Nocturama, no se anda con pies de plomo ni juega con estos elementos de forma honesta. Usa su naturaleza polémica para justificar un linchamiento, cual estalinista o un inquisidor, como bien dijo el crítico Quintín en Cinema Scope.
Como no hay mejor manera de hacer pasar la aberración que enviarla bien envuelta, los trabajos de Larraín tienen una presentación excelsa. Su realización siempre es primorosa y su fotografía coopera a la hora de rebozar unos estudiados gestos de simulacro de cine arriesgado (un paso lo suficientemente lento, una temática lo suficientemente sórdida, un tono supuestamente reflexivo…). Todo ello orquestado de tal manera que haga parecer a la obra lo que no es: un ejercicio cinematográfico libre y moderno. Porque, en el fondo, Larraín no deja de ser un mero contador de historias. Tan pendiente del guión, del relato, de tener bien atados a los espectadores, que se olvida al final de lo más importante: la integridad del propio cine. Por eso la estética televisiva de No se mostraba incapaz de formular el espíritu de una época pasada, los actores de El club recibían sus guiones justo antes de actuar para estar perdidos en unos personajes que, sin embargo, no se formulaban in-progress, sino que estaban bien definidos en el guión, y el tono de velatorio de Jackie es tan leve que el mínimo recuerdo de un film realmente crepuscular, como El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, aniquila de inmediato cualquier suposición de puesta en escena.
Porque las sombras que poblaban la obra de Andrew Dominik pueden ser comparadas con las del Tom Stern de la luminosa J. Edgar (Clint Eastwood, 2011), pero no con la incoherencia de Stéphane Fontaine en la peli que nos ocupa. La culpa, sin embargo, no es suya, sino de un Larraín aficionado a mezclar texturas para recrear unas viejas imágenes como quien es incapaz de entender que una recreación jamás va más allá de la mera apariencia.
El resultado es que el esfuerzo de Fontaine deslumbra pero no asombra, ya que no ha dispuesto las luces para hallar la verdad, sino para recrear un mito, como si la imagen no pudiera ser puesta en crisis, como si el mito fuera completamente impenetrable en su falsaria naturaleza. Eastwood y Dominik, mucho más sabios que Larraín, funcionan justo al contrario: frente a la recreación transparente eligen la creación opaca precisamente porque entienden que, si bien hay algo de impenetrable en el mito, es justo ahí, en su impenetrabilidad (las sombras), donde, paradójicamente, se pueden encontrar las grietas que ocultan a la persona. Por eso DiCaprio vuela libre para Eastwood mientras que Natalie Portman se limita a imitar unos gestos. Y, por eso, Larraín no va al encuentro de los Kennedy, sino que los usa para malmeter.
Resulta significativo que sólo una escena en todo el metraje de la medida de la mujer que Jackie pudo ser. Se trata de aquella en la que la primera dama charla de tú a tú con su confidente y amiga Nancy Tuckerman (Greta Gerwig). El gesto no pasa de anecdótico en su nimiedad. No sirve como contrapunto, ni genera puesta en escena. Podría haber servido para meditar acerca del papel de la mujer en la política americana, pero no es así porque el instante no va más allá de la mera enunciación. No hay discurso, por tanto, así que la inclusión del momento se antoja más una decisión relacionada con la mala conciencia del director que con la puesta en escena del film.
Acaso Larraín, sabedor del velatorio casposo que estaba perpetrando, decidió insertar ese diálogo para tratar de rebajar el tono mortuorio de su cinta (típico gesto de guionista, que no de cineasta). No es el único, pues, de un modo similar, asistimos al conmovedor instante en el que Jackie le dice a sus hijos que no volverán a ver a su padre. La secuencia, prodigiosa, parece refutar aquello de que ‘con el asesinato de JFK murió la inocencia del país’. Pero la idea, de nuevo, no tiene recorrido, ya que Larraín no mostrará ninguna fe en el poder de la inocencia durante el resto del metraje. De hecho, no hay hueco para ella en un cine donde sólo la mentira tiene cabida. Su vulgar paseo malickiano por la senda de la espiritualidad hacia el final de la obra no puede ser, entonces, más que otra inútil miguita de luz surgida de su mala conciencia.
Dicho todo esto, parece obvio que para el cineasta chileno los Estados Unidos, JFK y Jackie Kennedy no son más que un mito y, por tanto, una mentira. Evidentemente se equivoca. Porque bajo el mito siempre habita una verdad. Una realidad que vive tras la imagen. Y esto es justo lo que aviva la llama del cine: la posibilidad de desvelar una certeza oculta. El contraplano al que alude el título (y que con tanto esmero remarca Larraín en el arranque del film) debería haber llevado al autor hasta allí, pues ésa era su promesa de puesta en escena: usar a Jackie, contraplano de JFK, para repensar el mito. Pero hete aquí que el ínclito realizador traiciona el potencial del medio al engolfarse en su tan brillante como estéril dispositivo. El resultado es la vanidad donde debería haber humildes ansias de conocimiento. La mala fe allá donde anhelábamos la luz.
Es muy patético, por tanto, escuchar a los fans decir que el chileno es un director perturbador, pues el adjetivo que en verdad le define es perverso. Es un tipo perverso que engaña para hacer daño. Que usa el cine para hacer daño. Que traiciona el valor del contraplano para herir sentimientos. Que hace una promesa de puesta en escena para, a continuación, traicionarla en aras de una ideología. Que carga las tintas y se justifica en el mal que el otro sigue provocando (Pinochet, los curas pedófilos, los Estados Unidos). Y si no es así, ¿cómo explicar la detallada y repugnante recreación a dos tiempos del brutal asesinato de JFK? ¿Qué necesidad había? ¿Se puede justificar el contraplano cinematográfico en nombre del morbo? ¿Dónde queda la integridad del hombre asesinado? ¿Y la del cineasta?… Supongo que en el mismo hoyo al que fueron a parar las víctimas del Gulag.

 

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