Gritar al vacío: Twin Peaks: El Retorno

FIRMAgasol

Una rima antológica tiene lugar entre un par de escenas de los dos últimos capítulos de la impagable tercera temporada de Twin Peaks. Los instantes se suceden en espacios y tiempos distintos, pero ambos están interpretados por la misma actriz, Sheryl Lee. El primero acaba de cumplir 25 años, pertenece al film Fuego, camina conmigo (1992) y David Lynch tiene a bien volver a él en un fabuloso juego de reedición digital de la imagen. El segundo es el plano que cierra (probablemente para siempre) este apasionante universo. En los dos momentos tenemos ante nosotros el rostro de una mujer gritando de puro terror… pero, ¿por qué?
El revival de la serie le ha permitido al autor de Terciopelo Azul regalarnos una sorprendente respuesta al primer caso que será aniquilada en la citada conclusión, ya que ni todos los puños de Hulk del mundo podrán derrotar al dolor. El mal siempre merodea. La gente sensible lo percibe. Los artistas lo perciben. Laura Palmer lo percibe. Es en esta distancia entre ella y el espectador donde se levanta el horror más puro.
La culpa quizás fue siempre nuestra, pues todo ya estaba en la primera aparición de la protagonista en la serie (un instante con el que también juega Lynch para ponernos en nuestro lugar como audiencia). ‘She is dead… wrapped in plastic’, decía Jack Nance al teléfono con la voz entrecortada.
Así es. Ella es una muerta. No hay vuelta de hoja. Es entonces cuando cobra aún más fuerza el estremecedor diálogo de Lady Leño con Hawk en el capítulo 15, acaso el más hermoso de la temporada: ‘Mi leño se ha vuelto dorado, los árboles se quejan… me estoy muriendo’. Una bella frase que se mira de frente con la apertura del episodio, donde Ed y Norma, ya ancianos, pueden por fin hacer las paces con sus almas, vivir su amor en libertad. Una rima a mayor gloria de aquella emocionante conclusión de Monsieur Oscar en Holy Motors: ‘La muerte está bien, pero la vida es mejor porque en la vida hay amor’.
Es el amor lo que había sido corrompido en el seno de los Palmer. Laura era un alma en pena porque no podía amar. De joven llevó a Bobby a matar a un hombre. De mayor tiene un cadáver en su propia casa. Su territorio es la muerte. Su presencia no es. Por eso se desvanece de la mano de Cooper en el bosque. Porque nunca estuvo allí.
Nosotros, los espectadores, sí estuvimos allí. Pero hace ya mucho. Tanto que el Twin Peaks del siglo XXI ha sucumbido al capitalismo. Sus tartas de cereza son una franquicia. El Road House presenta a autores del máximo nivel. Los tonos rojizos de la madera han dado paso a un gris lánguido. La trama sobre el asesinato de Laura Palmer ha devenido en un asunto de Estado. El pueblo que conocimos, donde siempre sonaba música, rara vez percibe una tonada. Está, más bien, plagado de enigmáticos sonidos que anticipan el mal, como ocurría en aquel capítulo donde no dejaban de sucederse extrañas repeticiones justo cuando el Cooper malo pisa Montana.
¿Qué queda entonces de nuestra memoria? Pues, precisamente, trozos. Restos de un ayer, tan bien asimilados y devueltos a la realidad por Lynch como demuestra la mirada de Bobby a Shelly cuando ella sale a abrazar a su novio dejándolo en la estacada con su problemática hija. Quedan igualmente los recuerdos de una balada que fue, como el cierre magistral en el que la pieza Heartbreaking, del gran Angelo Badalamenti, parece devolver, tanto a Dougie como a los espectadores, al tema de Laura Palmer.
Las apariciones de los viejos personajes son mínimas (de Cooper a Audrey, pasando por Julee Cruise) porque su trama pertenece al pasado, pero la oscuridad que latía bajo la belleza pueblerina de Twin Peaks prevalece. Es la oscuridad que subsume a los nuevos Cooper y Laura en el larguísimo viaje espacio-temporal del episodio final. Un alucinante tour de force que sublima la tensión lyncheana surgida entre movimiento y quietud con el simple uso de un coche, una iluminación mínima, dos actores y el particular uso que el director hace del sonido.
Lynch da cuerpo de forma magistral a un mal que viaja con los protagonistas en la abstracta forma del dolor. Queda el deseo de que de ese dolor brote de algún modo la esperanza, como antes ya ocurrió en tantas escenas cómicas capaces de ligar a Jacques Tati con un surrealismo marca de la casa; en esos instantes regalados al hijo de Dougie, la única persona en un mundo de adultos lo suficientemente íntegra como para ver grandeza en Cooper sin necesidad de que exista dinero de por medio o en la llegada de Audrey, tras un inteligentísimo juego temporal que sólo puede darse en la televisión, al Road House para autoafirmarse como cuerda.
Ha sido, con mucha probabilidad, el regreso más coherente de la historia del audiovisual. Como si Lynch hubiera estado filmando todos estos años en Twin Peaks, se ha adentrado en su universo para proponer, efectivamente, una NUEVA aventura crecida sobre los restos del naufragio. Ahí se yerguen la mejor escena del cine de la crueldad del año (el hijo de Audrey maltratando a su abuela y a su tío por dinero), el más sorprendente plano de terror la temporada (el bicho entrando por la boca de una adolescente en el celebrado capítulo 8) y algunos de los gestos experimentales más fascinantes del 2017 (capítulos 3, 8 y 15). También es ahí donde se edifican nuevas puertas que dan a lugares que nunca transitaremos, como todos esos finales en el Road House donde unos personajes que no conocemos charlan, se rascan la axila o gatean para acabar… chillando.
Chillar de terror, de dolor, de horror… Gritar al vacío, porque todo es un sueño. Porque todo es banda. Porque, al final, Twin Peaks no es sino una catedral levantada sobre un relato que jamás existió. La más hermosa invitación a perdernos en el reflejo de nosotros mismos.
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