Blade Runner: 2049: Elogio del miedo

FIRMAgasol
Cómo está el siglo XXI. Del ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? hemos pasado al ¿Tienen los críticos miedo a pillarse los dedos en el tiempo? Ya me decían unos colegas que jamás habían leído tantas y tan buenas opiniones sobre un estreno, y que era algo que les resultaba sospechoso. No se equivocaban: Blade Runner: 2049 es un petardo de aúpa. Una obra que finge estar liberada del original, pero que sólo lo puede fingir; que se cree tocada por la mirada de un autor, pero que sólo lo puede creer; que insinúa no deberle nada a los blockbusters del momento, pero que tan solo lo puede insinuar. Porque lo último de Denis Villeneuve es un esclavo de todo eso que en teoría esquiva. La copia mala del mito, su replicante más vulgar.
Resulta productivo hacerse unas primeras preguntas para medir el fracaso de este supuesto gran triunfo. Por ejemplo, ¿cuántos de los espacios nuevos pueden competir con los originales? ¿Cuántos de ellos no los habías visto antes? ¿Están usados a fondo o son mera carcasa? ¿Dónde surgen las imágenes más complejas de esta secuela, en esos nuevos espacios o en el reciclado de los viejos? Otra ronda relámpago: ¿Podría citar el espectador algún personaje moderno que aporte de verdad algo al universo Blade Runner? Más allá del que interpreta Ryan Gosling, ¿hay alguno con la complejidad suficiente como para estar a la altura de las expectativas?
Así es. Blade Runner: 2049 es espectacularidad plana con personajes planos. Y allá donde hay algo más de miga, surge la sospecha del pálido reflejo. Por ejemplo, es cierto que el agente K, a quien da vida Gosling, tiene una problemática muy interesante, pero no es menos cierto que esa problemática surge del mito Deckhard (¿era o no un replicante?) sumado al drama de Rachel (Sean Young), quien debía asumir su existencia como un sueño, como una mentira, según se abrazaba al amor VERDADERO que le podía proporcionar el solitario detective.
Por tanto, muy poca originalidad en el fondo. También en las formas. El mismo arranque del film ya pone en alerta a cualquier espectador medianamente espabilado: un primerísimo primer plano de un ojo que emula aquel que abría la película de 1982. Sin embargo, el globo ocular de Rutger Hauer, en el que se reflejaba un travelling de acercamiento a la ciudad de Los Ángeles en un hipotético 2019, estaba contando algo de manera fascinante: la llegada a la Tierra de los replicantes. Quizás se me escapó algo, pero no detecté ni media idea en el citado comienzo de la cinta de Villeneuve.
Aparte, creo resulta lamentable que las deudas con el referente empiecen desde el mismo minuto uno. Unas deudas que se extenderán durante las más de dos horas y media de aburridísimo metraje. Qué decir si no del muy pedante sujeto al que da vida Jared Leto, que no pasa de ser un Tyrell de regional. Otra vez: si estamos ante una NUEVA producción, ¿por qué tiene que haber otro dios terrenal? Un personaje, para más inri, que remarca de forma patética su suprema condición al repetir constantemente la palabra ‘ángel’. Es como si los guionistas necesitaran subrayar lo que ya sabemos: que Roy Batty era un ángel caído, un rebelde que ascendía durante una impagable partida de ajedrez al cielo para enfrentarse a su creador. Ahora, ¿hay en este proyecto algo remotamente parecido tanto en estética como en ideas a aquello? ¿Actúa la mano derecha de Leto (esa mujer que parece la mala de Austin Powers) como la figura alada que no deja de ser mencionada? Mucho me temo que mejores ejemplos hemos visto en propuestas mucho menos pretenciosas.
Blade Runner: 2049 es como un niño pequeño al que se le da mal dibujar y mira lo que hace el compañero talentoso de al lado para copiar la base e inventar desde ahí. Sólo hay que echarle un ojo al personaje que interpreta como puede Ana de Armas, una chica virtual que se supone salida de los fascinantes neones del original. La idea es muy buena, pero la ejecución no: aquellas mujeres orientales que emitían sugestivos sonidos al paso de un vehículo volador han mutado en una hispana que suelta una manida y cursi cháchara a su novio (o lo que sea). Su historia de amor con Ryan Gosling no pasa de la pastelada filtrada por una ciencia ficción inocua (Her, de Spike Jonze). Y sí, deja algún que otro instante tan sugerente como desperdiciado (los dos bajo la lluvia), aunque ninguno como esa escena de sexo a cuatro manos, paradigma de lo incómodo que Denis Villeneuve se siente con el material y las expectativas dadas.
Si vas a filmar sexo, fílmalo. ¡Qué película más pacata, por Dios! Uno no sabe si busca reflejar un mundo hipersexualizado o no, porque jamás va hasta el final. Ni siquiera las mejores ocurrencias, como la escena del burdel, aportan un peso específico al conjunto, pues no duran. No es de extrañar que el swing, la sensualidad y la sexualidad apunto de estallar de la relación Ford-Young haya dado paso a la ya tópica moñería intangible del siglo XXI. Imposible, pues, que el susodicho momento a cuatro manos, cortado por la imagen de una Ana de Armas gigante de neón, tenga la pegada deseada.
La sensación última es que este Blade Runner trata superficialmente de hacer cuentas con las emociones y las imágenes del presente sin preguntarse jamás por las del futuro. Tampoco se suelta la melena para fabricar un delirio. Es un gigante deforme y maniatado. Una obra pensada para contentar a todos, y así no hay manera. Quiere serle fiel al espíritu del original sin traicionarlo y acaba siendo una suerte de re-enactment. Busca ser un film Villeneuve y nada se aprecia del fuerte del director canadiense (la narración) en este berenjenal de set-pieces destartaladas que siempre tratan de significar (los guionistas no supieron aguantarse el pipí). La trama principal no se cierra, pero no por una cuestión de modernidad, sino porque no da tiempo material (imposible estar más lejos de los relatos hechos añicos de The Assassin, de Hou Hsiao-Hsien, o Corrupción en Miami, de Michael Mann). Y ya que hablamos de tiempo, ¿por qué en lugar de imitar el tempo del primer Blade Runner no se buscaron referentes en extremo oriente, donde se han logrado contemporáneas cadencias en consonancia con la era de la (des)conexión global? Lo mismo se podría decir de los espacios, ya que el cine oriental ha forjado toda una insólita imaginería audiovisual del desamparo que poco tiene que ver con el blockbuster lleno de lucecitas y personajes bobos, trillados e insulsos por el que ha optado finalmente el responsable de Prisioneros.
En fin. Que hay muy poco que salvar de un título que contiene tan solo una escena magistral (que podría haber sido mejor en manos de Apichatpong Weerasethakul o Tsai Ming-Liang). Aquella en la que Ryan Gosling se encuentra dentro de su propio sueño. La escena en sí proviene de un antecedente pírrico (un ridículo diálogo entre el agente K y su jefa (Robin Wright) que da pie a un torpe flashback), pero la resolución es un momentazo en el que se puede, por fin, ver la firma del cineasta, y en el que el actor norteamericano, en su mejor papel, se gana el sueldo. Lástima que el film no sepa al final por qué lado tirar: si ser una pieza intimista, una superproducción sofisticada, una secuela nostálgica, una obra realmente independiente… El resultado es un mastodonte incapaz de articular ideas con soltura. Una realización elefante blanco con todas las de la ley que, si hubiera estado dirigida por Nicolas Winding Refn (un nombre que me vino constantemente a la cabeza durante el solemne visionado de este tostón), quizás hubiera encontrado una voz capaz de dominar los tonos del relato.
Una pena, la verdad, porque Villeneuve venía de lograr en Arrival algo extraordinario. Pero esta empresa se le ha quedado enorme. Hay quien habla de diversos totems de la ciencia ficción para colgarle el cartel de obra maestra a esta cinta inoperante. ¡Incluso se han atrevido a hablar del Stalker de Tarkovski! Pobre Andrei. Alguien que afirmó aquello de ‘Es el hombre para el arte y no el arte para el hombre’ se revolvería en su tumba si leyese semejantes disparates. Pues he aquí una película grandilocuente a mayor gloria del miedo. Miedo a decepcionar a fans y productores. Miedo a no estar a la altura de la filosofía del original. Miedo a no lograr unas estéticas propias que puedan competir con las antiguas. Miedo, en definitiva, a ser. Porque lo más triste de todo es comprobar como un cineasta tan hábil en la narración ha sucumbido con pavor a un lenguaje de set-pieces incoherente y al más vacío esteticismo.
Anuncios

2 Respuestas a “Blade Runner: 2049: Elogio del miedo

  1. Yo también pienso que la película es un bluff. Nula aportación de novedades, horrorosa fotografía (en mi cine) y aparte de lo que tú dices, un componente mesiánico atragantable del tipo Rachael=virgen María (gestación imposible+nuevo Mesías para nueva humanidad), un Harrison Ford que me hace sentir verguenza: padre… hij… ¿es una telenovela?. Ryan Gosling como K (Kafka, El castillo) es la primera vez que lo soporto. Me gustó la imagen final en las escaleras con la nieve, aunque quizá porque la música de Vangelis es insuperable.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s