La mirada masculina liberada

FIRMAgasol
“El gusto aumenta la memoria; existe la memoria del gusto: nos acordamos de lo que nos ha gustado. Existe también la de la imaginación: nos acordamos de lo que nos ha encantado.”
― Joseph Joubert
“Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo, porque fuerte como la muerte es el amor”.
― Cantares 8:6
Las primeras imágenes de la película que Quentin Tarantino dedica a Hollywood no son cinematográficas, sino televisivas. Tampoco son reales, sino una recreación personal surgida de su memoria donde los personajes de ficción Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) y su doble en las escenas de acción, Cliff Booth (Brad Pitt), comentan sus respectivos roles en una industria decadente. Hombres y roles, masculinidad y violencia, orgullo y camaradería… en formato televisivo dentro la meca del cine.
Sí, Tarantino pone a dialogar, ya desde el arranque, al viejo y al nuevo Hollywood. Es un diálogo fluido y valiente, donde el tiempo y la leyenda, la Historia y la memoria, el deseo masculino y la política… lucen como algunos de los elementos de una puesta en escena en la que lo amado es amplificado desde la fantasía para arrollar cualquier límite justo en el final de todas las cosas.
Si el término de una época es el nacimiento de otra, los restos del Hollywood de finales de los 60 son las cenizas de las que surge Quentin Tarantino como hombre-cineasta (desde el mismo título-homenaje a Sergio Leone). La película se aleja así de la reconstrucción nostálgica para abrazar una sorprendente luminosidad. Las ruinas del viejo mundo no son un motivo de lamento, sino la carne de una reformulación que dará paso a un flamante y feliz universo multicultural que algún día llamaremos tarantiniano. Un universo que, en Érase una vez en… Hollywood, está aún por formarse. Por eso no hay rótulos molones en los créditos iniciales. Ni la habitual fluidez en la mixtura de géneros, que se muestra en este metraje inconexa. Hasta la división entre capítulos, capital en la carrera del tennesiano, luce en un estado de gestación similar al de Sharon Tate, a punto de dar a luz a una nueva criatura justo cuando al héroe de la serie B (Tarantino-Dalton) se le abren las puertas del star system.
Este perfil quebrado marca a fuego un trabajo que pasa por ser el más íntimo del autor. La naturaleza deconstruida de la cinta, que podría haber supuesto un tinglado de puesta en escena, encuentra su razón de ser en el brillante desglose del mecano cinematográfico. Quentin se acerca más que nunca a Godard según expone la lógica interna de su obra: no se trata en esta ocasión de lograr un film redondo, sino de mostrar por separado la belleza única de cada una de las piezas que lo conforman. Una belleza resplandeciente dentro de un universo en decadencia donde el director parece empeñado en encender su antorcha/lanzallamas en la más profunda oscuridad (jamás la noche fue más densa que en el tercer acto de esta producción).
Gracias a la excelente fotografía de Robert Richardson (aconsejamos leer esta estupenda entrevista en American Cinematographer), la pantalla se llena de saturados y apasionados rojos, negros y amarillos dispuestos a componer un paseo preciso por todo un imaginario en el que se citan con gracia la verdad y la fantasía. Tarantino cincela, con extraordinario talento, un monumento de su inconsciente. El más íntimo recorrido por un cosmos donde los fetiches que le dan forma parecen hacerse tangibles como nunca antes.
Elementos pertenecientes a mundos tan dispares como el explotation, el western, el spaguetti western, el cine de terror o la televisión de los 60 se revelan casi palpables en su cita con un gusto personal por la música y la feminidad dentro de este caleidoscopio imposible en tiempos de uniformidad de pensamiento. Ahora que Hollywood parece entregado a una serie de patéticas obligaciones ideológicas, la obra que nos ocupa surge como la respuesta tajante de quien sabe que el multiculturalismo es algo natural en cualquier ámbito en crisis. También, en tiempos de patéticas obligaciones ideológicas, se antoja notable la masculinidad de una propuesta en la que DiCaprio da cuerpo a la celebrada crisis del varón para dejar claro que no hay nada que celebrar, Brad Pitt es su ‘tóxica’ sombra junguiana y Margot Robbie, una Sharon Tate iluminada desde una feminidad que sólo puede ser esplendorosa al calor del anhelo de un hombre.
Respecto a los primeros, resulta muy brillante, incluso conmovedor, que el actor elegido para hacer corpóreos los deseos y las frustraciones de DiCaprio sea Pitt; que Tarantino piense que ninguna otra estrella de Los Ángeles post-90’s pueda asumir ese papel; que sepa que Cliff Booth no tiene futuro en la actual industria del entretenimiento, donde la nueva moral feminista jamás aceptará su violencia, meramente cinematográfica, contra las mujeres (el veto que le impone Zoe Bell en esta ficción rima de forma poderosa y tenebrosa con el texto escrito hace unos pocos días por Roy Chacko para el periódico de izquierdas The Guardian).
El propio personaje dice por boca de Brad Pitt algo así como ‘aún no me han cogido’. Lo hace en una escena que rima con otra anterior de la que se derivan sospechas de feminicidio, aunque el único receptor de violencia allí sea el propio Cliff, insultado y humillado por su esposa. Aquí rechaza el sexo que le ofrece una jipi-feminista. Sexo fácil que pone al hombre en un brete. Por un lado, es una tentación muy golosa cuyo rechazo, además, va a herir los sentimientos de la chica. Por otro, aceptar la oferta le colocaría al varón en la posición de quien, acaso, esté sacando provecho de la diferencia de edad, una duda que rápidamente convertiría el feminismo actual en certeza, de modo que una simple denuncia mandaría a Booth a la trena bajo el peso de esa retórica que asegura que a las mujeres ‘hay que creerlas sí o sí’.
La manera cristalina en la que Tarantino expone esto pone de manifiesto una sensibilidad muy especial sobre el asunto. Su película dispara con bala a la ideología de un Hollywood contemporáneo que insiste en sacar de la ecuación todo lo problemático, como si el espectador de hoy fuera demasiado idiota como para no saber discernir la realidad de la ficción. O peor: como si hubiera que cimentar una nueva sociedad en la que el cine, en lugar de hacer a los espectadores libres, les viniera a instruir en lo que está bien y mal desde la pantalla. Un panorama, más propio de un mundo distópico que de una democracia, que el director relaciona para la ocasión con la utopía jipi de ‘La Familia Manson’. ¿Cómo explicar, si no, que la imagen de un machirulo Brad Pitt, sin camiseta, sobre un tejado en plan albañil, atravesada por un flashback incompleto/censurado de su más violenta acción ‘machista’, tenga por contraplano el rostro de un Charles Manson que sólo regresará al metraje en forma de cita? Para Tarantino, la verdadera perversión del Hollywood actual es la censura.
La otra gran problemática recae en la Sharon Tate que interpreta deliciosamente Margot Robbie. La intérprete, más guapa aquí que nunca, no deja de danzar, porque es viva y grácil. La danza es importantísima en este film. No es casual que el cineasta logre sus más bellas escenas de baile desde Pulp Fiction. Ni que tenga la más completa banda sonora y el mejor trabajo de sonido diegético y extradiegético de toda su trayectoria. Es profundamente emocionante su manera de filmar los cuerpos en movimiento. Sobre todo el de su actriz, auténtico espíritu libre de esta cinta atravesada de arriba abajo por la musicalidad. Porque el género de la música es el femenino, Margot Robbie le entrega su físico. El resultado es un personaje fascinante, el más abstracto en la carrera del director, que le permite desplazar a Sharon Tate de la oscuridad del enigma a la luz del misterio.
Porque es luz, se encuentra a sí misma en un cine, del que sale para revelar que también es tiempo. Su bella silueta, bajo el hermoso atardecer angelino, desvela el poder del único medio capaz de filmar a la muerte trabajar. El California Dreamin’, de José Feliciano, envuelve su dulzura, preámbulo de la felicidad de Rick Dalton. El montaje, sensual como nunca en la carrera de Tarantino, nos lleva por las sinuosas curvas hasta el final del segundo acto. Si su filmografía se debate en la compresión y la extensión del tempo cinematográfico, aquí encuentra su más original y elevada expresión.
El autor de Kill Bill no quiere recuperar a la mujer que no conoció. Tampoco al mito trágico perpetuado en la memoria colectiva. Muy al contrario, desea, en el gesto más romántico de su carrera, reformular aquel mito desde una fantasía masculina que la libere del horror. A la contra de la sensibilidad feminista que impera en la actualidad, Érase una vez en… Hollywood dialoga sorprendentemente con el Philippe Garrel de Rue Fontaine (1984), aquel cortometraje en el que Jean-Pierre Léaud afirmaba que ‘a través de las mujeres los hombres buscan el amor’.
Como Garrel, Tarantino cree en la feminidad como un misterio capaz de salvar al mundo. Pero piensa, igualmente, que esa feminidad sólo puede ser liberada desde una sensibilidad masculina. Que una mujer sólo es plena en la manera en que un hombre enamorado la mira. Por eso, en la muy conmovedora conclusión, allá donde el dolor de la Historia dialoga con el terror de género, el deseo masculino, hoy fiscalizado por un Hollywood dirigido por el mercado feminista, se erige en la llave capaz de abrir de par en par las puertas de un mundo mejor. Uno regido por la dulce voz de una mujer embarazada, ataviada con un vestido de un blanco inmaculado que dará paso al negro final en el que se alzarán enormes las letras ÉRASE UNA VEZ EN…
…Para que, por fin, lo entendamos todo: este film acerca del final de lo que un día conocimos, versa, en verdad, sobre de la posibilidad de imaginar juntos un futuro más bueno. Un porvenir gobernado por un altruismo (esa maternidad) incompatible tanto con la violencia y los abusos ejercidos sobre los integrantes de la industria (ya sean hombes o mujeres) como con esa infantil charlatanería feminista que sólo tiene ojos para sí misma. Una mirada valiente y nada complaciente con las políticas de moda que convierte a la novena película del celebrado director en la primera obra esencial de la era post-Weinstein.

 

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